Amo mi celular, amo este restaurante, amo el café. Hoy usamos la misma palabra para hablar de algo que nos gusta mucho y para decirle a una persona que ocupa un lugar que nadie más ocupa.
Sabemos perfectamente que no significan lo mismo, pero las palabras también se desgastan cuando las usamos con esa ambigüedad y quizá con la palabra “AMOR” nos pudo haber pasado algo peor, la hicimos tan común que dejamos de pensar qué es lo que estamos diciendo.
Las cosas son para usarse y las personas para amarse; la frase puede sonar trillada hasta que nos fijamos un poco en cómo vivimos. El celular lo protegemos para que no le pase nada y en cuanto empieza a quedarse sin pila, inmediatamente buscamos dónde cargarlo. Con las personas no siempre tenemos esa misma atención, a veces alcanzamos a darnos cuenta que alguien se está apagando cuando ya llevaba mucho tiempo apagándose frente a nosotros.
No creo que la culpa sea de la tecnología, sería demasiado sencillo echarle la responsabilidad a un celular. Lo que sí hizo la tecnología fue acostumbrarnos a una idea que puede ser muy peligrosa cuando la llevamos al terreno de las emociones: Si algo empieza a fallar, es muy probable que pronto salga una mejor versión. Con un teléfono funciona. Con una persona, afortunadamente, NO.
La gente cambia con los años y nosotros cambiamos junto con ella. La persona que amamos deja de ser exactamente la misma que conocimos y uno también deja de ser aquel que enamoró al otro. Quizá por eso el AMOR empieza a tener sentido precisamente cuando deja de depender de la novedad.
Decir “te amo” cuando todo está bien es fácil. Lo difícil llega cuando esa palabra tiene que seguir significando lo mismo después de haber sido pronunciada, no por lo bonito que haya sonado aquella noche sino por el lugar que conserva esa persona en tu vida cuando ya no necesitas conquistarla. A mí me parece que ahí está la diferencia entre querer algo y amar a alguien. Lo primero suele estar muy ligado a lo que recibimos, lo segundo empieza a notarse cuando dejamos de hacer cuentas.
Un teléfono celular puede perderse y mañana compras otro. Con una persona no funciona así. Hay personas que se van y con el paso del tiempo, queda claro que ese lugar no se reemplaza, no porque la vida se detenga ni porque no lleguen otras personas, sino porque el amor nunca fue un espacio disponible. Era una forma de estar ahí.
No sé qué estaba sintiendo Manuel Alejandro mientras escribía “El amar y el querer”, ni qué pasaba por el corazón del Príncipe de la canción al interpretarla. Lo maravilloso es que tantos años después, basta escuchar unos segundos para sentir que algo se mueve por dentro. Lo que si sé es que esta canción permanecerá para siempre recordándonos que hubo un tiempo en que amar no era un simple verbo, sino una acción.


