El Día de Muertos es una celebración de origen prehispánico que, al entrelazarse con la tradición católica durante la conquista, dio forma a la festividad que hoy conocemos: un puente entre mundos, un homenaje luminoso a quienes ya no están. Cempasúchil, copal, pan de muerto, tamales… todo dispuesto para recibir a quienes regresan del Mictlán para convivir, por un instante, con los vivos. Y aunque en México estos elementos se encuentran con facilidad, para muchos migrantes llevar esta tradición al extranjero se convierte en un acto de búsqueda, de paciencia y de imaginación. A veces aparece un paisano que vende lo indispensable; otras, uno se arma de valor para prepararlo por su cuenta, enfrentándose al reto mayor: encontrar los ingredientes adecuados. Curiosamente, estos suelen esconderse en los lugares más inesperados: agua de azahar en tiendas turcas, chiles guajillo y de árbol en supermercados asiáticos, hojas de plátano en tiendas indias.
La nostalgia, en estas fechas, despierta con una delicadeza particular. Basta el aroma de una especia, el color de una flor o el dulzor de un postre para encender un recuerdo y abrir ese pequeño espacio donde los que ya no están parecen acercarse un poco más. Lejos de México, los sabores no solo alimentan: acompañan, sostienen y reconcilian. En cada intento por recrearlos hay una forma de decirnos que, aunque estemos lejos, seguimos perteneciendo.
Quizá por esa necesidad de volver —aunque sea a través del paladar— nace el deseo de preparar algo que abrace el corazón. No se trata solo de cocinar, sino de invocar un recuerdo, de encender una tradición en una cocina que no es la nuestra pero que, por un instante, se siente familiar. Por eso quise compartir una receta que no solo acompaña estas fechas, sino también todo el otoño e invierno: la calabaza en tacha, un postre que sabe a hogar, a tardes lentas, a manos que enseñan y a historias que viajan de generación en generación.
🎃 Receta: Calabaza en tacha
Ingredientes:
- 1 calabaza de castilla de aproximadamente 3 kg
- 3 conos de piloncillo
- 2 cucharadas de cal disueltas en 3 litros de agua
- 1 raja de canela
Preparación:
-
Realiza agujeros a la calabaza (con un palito de madera o incisiones con el cuchillo) y sumérgela en los 3 litros de agua preparada con cal aproximadamente por una hora y media.
-
Pasado el tiempo, escúrrela bien.
-
Mientras se escurre, hierve el piloncillo junto con la canela en tres y media tazas de agua hasta formar un jarabe espeso.
-
Sumerge la calabaza en este jarabe para que se impregne por dentro y por fuera aproximadamente una hora; el chiste es que quede bien impregnada para que tome dulzura.
-
Para terminar, cubre la calabaza con papel aluminio sobre un refractario y hornea por dos horas a 175°C.
Y estará lista para tener un magnífico postre mexicano. Recuerda que puedes usar el jarabe de piloncillo para emplatar la calabaza. ¡A disfrutar!
No hay nada como un postre de antaño para sentir el calor de la familia, especialmente en los días que siguen al Día de Muertos. Para muchos, este platillo no es solo un dulce: es un abrazo al alma, una forma de recordar a quienes ya no están y, al mismo tiempo, de encontrarnos con nosotros mismos a través del sabor.
Y quizá por eso lo seguimos preparando, incluso del otro lado del mundo. Porque cocinar también es una manera de resistir el olvido: es mantener viva una tradición, encender un pedacito de hogar en una cocina extranjera y permitir que, por unos minutos, el tiempo se suspenda. Cada cucharada nos recuerda que las raíces viajan con nosotros, que la memoria tiene aroma a piloncillo y canela, y que, aun lejos, siempre hay formas de volver.



