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Música · Abril 2026

Mis guitarras y yo (Parte I)

Hugo López

20 de abril de 2026·8 min de lectura
Mis guitarras y yo (Parte I)

Por muchos años pensé que el precio del instrumento que debía comprar tenía que ser directamente proporcional a mi destreza para tocarlo. Recuerdo lo que me dijo un colega músico por allá del 2014 cuando le compartí esto: "No pos ese es un criterio muy jodido". Hoy estoy de acuerdo con él.

He tenido el honor de que varios amigos me llamen para pedirme opinión y ayudarles a seleccionar la guitarra para sus hijos e hijas. En varias ocasiones he ido con ellos a la tienda para que las prueben. Para la segunda ocasión me vi repitiendo una idea: al comprar una guitarra te tienes que fijar en cuatro cosas…

  1. Que te guste cómo suena
  2. Que te guste cómo se siente (en tus manos)
  3. Que te guste cómo se ve
  4. Que te alcance $ (en esos casos, a su papá)

Yo no fui adquiriendo mis guitarras siguiendo estos criterios.

Mi primera guitarra yo no la pedí; ni siquiera la esperaba. Desde los 7 años, mi instrumento había sido el teclado, el piano. Y no fue hasta los 16, regresando de estudiar fuera un semestre de prepa, que mi hermano, al enseñarme la hermosa batería TAMA que mi Abuelo recién le había comprado, me dijo: "Ah y mira. Esa guitarra, es tuya. Te la compró mi Abuelo".

Jamás había tenido una guitarra. Solo sabía tocar 3 acordes (Sol, Re y Do) y una versión lenta y sucia del arreglo inicial de "Sweet Child" que me había enseñado un tal Artemio en un Congreso de Líderes del Mañana de la escuela. Era una Tres Pinos y le habían hecho un hoyo en la parte de abajo del cuerpo para ponerle una pija donde enganchara el talí.

Con esa guitarra mi mismo hermano baterista, y gracias a que estaba en la rondalla de la escuela, me enseñó el resto de los acordes de la escala mayor, y a partir de ahí aprendí solo —con amigos, en fiestas y con cancioneros— el resto de los acordes que son prácticamente los que hoy me sé. Con ella saqué todas las canciones de Guns y Metallica que mi nivel de destreza me permitía. Las power ballads de los 80 y 90. Las de Serrat, Piano Man, y tímidamente intenté componer alguna canción para que en mi banda de rock "Entoria", sacáramos originales. Nunca acabé ninguna. Esa fue la guitarra que me llevaba a las quintas, ranchos, cocheras, a Real de 14, a Chiapas y mis hermanos, a los coros de iglesia en los que estuvieron. Esa guitarra, como todas, ya era mi compañera, pero como dijo Cohen, "I never in a thousand years thought of myself as a musician or a singer". Menos guitarrista. Por ahí de 1999 se perdió en alguna fiesta sin enterarme, y nunca, hasta este momento, había pensado en dónde estará, quién la tendrá y qué canciones tocarán en ella. Gracias mi Tres Pinos. Y gracias de nuevo, Güelito.

Entre el 2000 y el 2005 tuve una Ovation color sunburn. Muy bonita. La compré en Montebelo. Donde mi Abuelo había comprado también los instrumentos ya mencionados. Mi primera guitarra con cuerdas de acero, electroacústica, con la que me aventé a sacar canciones ya de varios géneros, con la que toqué en un par de bares acompañando a una cantante, la que me llevé a Tulum, la que en el 2005 le vendí a Uriel, con todo y estuche duro original y diciéndole "cuídala mucho cabrón" al entregársela. Con ella saqué Redemption Song, Father and Son, Cat's in the Cradle y no sé cuántas más. No la vendí por dinero. Creo que me cansé de que se me resbalara (por esa pancita característica de las Ovation) y un poco de las gruesas cuerdas de acero esos dedos que no lograban desarrollar los callos de ahora. Me dio mucho y le agradezco. Lo más importante: con esa guitarra le canté a Paula sus primeras canciones de bebé.

Fue como unos 3 años después —el único periodo de mi vida en el que no he tenido guitarra desde los 16 años— que un día, pasando por DURC en Gómez Morín, entré a la tienda, probé unas 3 opciones y, basándome principalmente en el precio, compré La Sevillana por $3,100 pesos. Recuerdo claramente que la compré porque, impulsiva, intuitiva y determinantemente pensé: "No puede ser que en mi casa no tenga una guitarra".

Esa guitarra es la que hoy está en la sala de mi casa paradita en su stand y es con la que toco todos los Domingos por la mañana mientras la casa duerme y me tomo mi café. Con esa le canté tanto a Pau y a la recién llegada Lu. Esa fue la que también ellas agarraron por primera vez y experimentaron el sonido de unas cuerdas de nylon. Esa es la que, al Pau tocar dos acordes sin mayor pretensión, y mientras Luciana balbuceaba con ritmo, palabras en su propio idioma, yo decidí darle fin a mi cobardía como cantautor. Con ella canalicé Mi Montaña, Viajemos, y todas las canciones de ese disco. Muchas del segundo también. La Sevillana tiene el brazo grueso, cansa, invita a pasear por los trastes con confianza y le gusta cómo suena a quien la agarra. Se conecta, pero ya no le funciona la pastilla. Con ella alcancé a tocar en la primera tocada en público de Las Historias del Carbono en un lindo patio, un primero de Marzo del 2014.

Pensé que me podría hablar aquí de las 5 guitarras que me faltan, pero otra vez, tanto en la vida, como en la escritura, hay límites que respetar, y otra vez me pasé de las 900 palabras carajo.

(continuará en el artículo del siguiente mes)

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