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Música · Octubre 2026 (2)

“El que come y canta…”

Hugo López

30 de octubre de 2026·7 min de lectura
“El que come y canta…”

Era un domingo por la noche, en el mes de Junio del año 2000, y antes de entonar su quinta canción dentro de un performance de veinticuatro, David Bowie pidió al público que por el "amor de Dios" si se sabían la letra, cantaran con él, ya que estaba nervioso porque hacía unos días venía aliviándose de una laringitis. En el fondo, el piano ya arropaba sus palabras con los primeros acordes de "Life On Mars?" y Glastonbury veía ya el final de una exitosa edición más.

En YouTube pueden (y deben) ver y escuchar cómo resultaron esos nervios y esa garganta lastimada. Quienes estuvieron ahí presentes seguramente no lo olvidarán nunca, y los comentarios dentro del video son cientos de pruebas, de lo que un día un maestro de canto me dijo: "La voz, es el instrumento más extraño para hacer música".

Desafortunadamente, no duré mucho en esas clases. La calle, los bares, los ensayos, el arrabal, siempre me ganaron por encima de la disciplina y el estudio. Pero si bien se me pegaron dos o tres consejos que a la fecha aplico, también recuerdo claramente lo que aquél maestro dijo después: "En un mal día, una voz muy bien entrenada puede desafinar o cantar sin transmitir, y en otro, en donde el cantante está enfermo de gripa, con tos, recuperándose, o medio afónico, si está inspirado o algo sucede en su vida, puede dar una interpretación hermosa e inolvidable".

Yo estoy convencido de que este fenómeno prácticamente puede suceder al tocar cualquier instrumento. Las diferencias, dadas las condiciones mencionadas, se van a notar. Pero en concordancia con el maestro, en la voz se nota más. El uso de una cantidad de órganos en el cuerpo para generar sonido sin la ayuda de ningún otro objeto, y con ello, emitir una melodía que puede hacer que la gente sienta, se abrace, llore, brinque, se acuerde, sonría o cante al unísono, es un fenómeno único.

El canto sana, en fondo y forma, a quien canta y a quien escucha. Dijo otro maestro (a este sí que no tuve la fortuna de conocerlo en persona) que "el cantante es el que tiene con qué; el cantor es el que tiene por qué. El cantante es el que puede; el cantor es el que debe". Facundo Cabral, todo el tiempo, honró su vocación y profesión de cantor.

Es muy probable, aunque solo lo supongo, que las primeras melodías se hicieran con la voz humana, antes que con un instrumento, por más primitivo que fuera. Quizé pasó poco tiempo antes de que, después de que el humano cantó, construyera un instrumento para acompañar lo que ya cantaba. Si el canto es entonces la primera forma en la que el humano hizo música, que no nos sorprenda entonces que haya magia al cantar.

Con este acto podemos evolucionar nuestro estado de ánimo. Hay quienes han estudiado que, al cantar, se activan e interactúan más de cinco regiones cerebrales, y se ha investigado, aunque sin determinación científica total, que se secretan, liberan o modifican sustancias químicas como la dopamina, endorfina, oxitocina, cortisol, adrenalina y testosterona. Basta con googlear y hacer una labor continua y seria de búsqueda para darnos cuenta de que hay suficiente evidencia que comprueba lo anterior, pero mejor aún, basta con cantar para sentir los cambios en tu salud física, mental y emocional.

De niño yo no cantaba. Hasta los 16 años comencé a hacerlo, y porque un gran amigo, que tuvo mucho que ver en que formáramos nuestra primera banda, me dijo: "Tú sabes inglés, tú vas a cantar". En esa época yo sabía tocar el piano y quería aprender a tocar la guitarra. Poco sabía que tenía potencial no solo de cantar, sino de que había un concepto llamado "frontman". Me tardé décadas en reconocer esto último, en aceptarlo sin miedo, abrazarlo en paz y sin comparaciones. Todo es un proceso. El protagonismo me invitó a seguir trabajando en el canto. Y seguir cantando me siguió sanando, al tiempo que seguía entreteniendo. Cuando toco el piano y me pierdo, sin tener que cantar, o cuando agarro una batería o percusiones, siento que sólo toco música, soy parte de ella, soy instrumento y me difumino. Todos los instrumentos cuentan una historia, pero al cantar, la cuentas también con palabras, y la palabra tiene, genera y otorga poder.

En tiempos en los que se debate a diario si el artista debe o no tener una postura política. En presentaciones que han metido a algunos en problemas por declarar una postura sobre sucesos que duelen. Con la inmensa ola de contenido en las redes, donde tan fácilmente se critica a quien apoya y a quien no, a quien dice y a quien no, a quien da recursos y a quien no, no olvidemos que todos ellos tienen algo en común: cantan. Hacen música. Lo demás, es excedente, es social, y es complicado.

Cuando de joven, se me ocurría cantar una melodía mientras comía en la mesa con mi familia, mi abuela (y mi mamá) decían: "El que come y canta, loco se levanta".

Seguramente lo dijeron demasiado tarde. Y si esto es cierto, ¡comamos y cantemos pues!, que al mundo le vendría bien más locura de la buena, que nos sane, que nos conecte y nos haga sentir que estamos vivos y presentes, como eso que se siente cuando juntos entonamos una hermosa canción.