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Arte · Agosto 2026

El arte no es un plan B

Ninfa Romero

21 de agosto de 2026·5 min de lectura
El arte no es un plan B

Hay decisiones profesionales que todavía parecen necesitar una explicación. Decir que eres ingeniero, médico, abogado o empresario suele cerrar la conversación. Decir que eres artista, en cambio, muchas veces la abre: ¿pero de qué vives?, ¿y además qué haces?, ¿estudiaste otra cosa?, ¿sí hay trabajo de eso?

En Monterrey, estas preguntas adquieren un matiz particular. Vivimos en una ciudad construida alrededor de una poderosa cultura del trabajo: industrial, empresarial, competitiva, veloz y orgullosamente productiva. Una ciudad extraordinaria para hacer negocios, pero no siempre igualmente dispuesta a reconocer que producir ideas, imágenes, música, literatura o experiencias sensibles también es producir valor.

Por eso dedicarse al arte requiere algo más que talento.

Primero está la valentía de escuchar el latido. Reconocer una vocación que muchas veces aparece acompañada de advertencias, prejuicios y estadísticas poco alentadoras; atravesar la expectativa familiar y social de elegir algo "seguro", "rentable" o "con futuro", y aun así decidir intentarlo.

Quizá ese primer salto resulte menos complejo para quienes crecieron en familias vinculadas con las artes, donde dedicarse a crear forma parte de un horizonte conocido y posible. Para muchas otras personas, en cambio, elegir ese camino significa también desafiar una idea aprendida de éxito, estabilidad y futuro.

Porque vivir del arte no consiste únicamente en crear, como tampoco ninguna profesión se reduce a una sola función. Implica aprender a gestionar, producir, comunicar, negociar, vender, cobrar, administrar y encontrar públicos; o, llegado el momento, construir un equipo capaz de hacerlo contigo. Y es que ninguna de las dos cosas resta valor al trabajo artístico.

Es por eso que me resulta curioso que al artista se le cuestione tanto por tener que hacerlo todo como por dejar de hacerlo solo, cuando profesionalizar una práctica significa precisamente desarrollar capacidades, establecer colaboraciones y construir una estructura que permita sostenerla. La convicción artística y la profesionalización no son fuerzas contrarias.

Quizá seguimos confundiendo al artista con la imagen romántica del creador solitario, cuando vivir del arte también significa ejercer una profesión.

Pero aquí aparece una contradicción que me resulta particularmente interesante. Por un lado, están quienes eligieron el arte pero conservan otra profesión como salvavidas: el famoso plan B, esa carrera considerada más segura y socialmente aprobada por si la vocación no funciona.

Por otro, persiste una frase que hemos escuchado demasiadas veces: "Si quisiera ser millonario, no me dedicaría al arte".

¿En qué momento aceptamos que arte y prosperidad tenían que ser incompatibles?

Y aquí viene lo bueno, porque romantizar la precariedad puede convertirse en la mayor trampa. El sacrificio económico no vuelve más auténtica una obra, así como ganar dinero con ella no necesariamente compromete su integridad. Aspirar a vivir bien del trabajo artístico no debería despertar sospechas ni exigir disculpas.

Tal vez el desafío no se centra en "atreverse a dedicarse al arte", sino hacerlo con temple y sin aceptar esa vieja disyuntiva entre vivir de lo que nos apasiona o aspirar al éxito económico.

El arte no es un plan B. Aquí y en todas partes, vivir de él implica confiar en lo que hacemos, profesionalizarlo, ponerle precio, defenderlo, encontrar a las personas que conecten con ello y comprender que la pasión necesita también estructura para permanecer.

Porque una ciudad verdaderamente productiva no es solamente aquella que fabrica más, vende más o genera más riqueza, sino aquella capaz de reconocer en la creación artística una forma legítima de trabajo y el valor de aquello que produce: pensamiento, sensibilidad, identidad y cultura.

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