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Arte · Octubre 2026

Vacaciones en el arte

Ninfa Romero

9 de octubre de 2026·4 min de lectura
Vacaciones en el arte

Hace unos días entré al Teatro de la Ciudad después de una racha particularmente acelerada. Trabajo, pendientes, mensajes, compromisos, decisiones. Esa sensación tan familiar y contemporánea de ir resolviendo una cosa mientras mentalmente ya estoy en las tres siguientes.

Fui a ver Omphalos, palabra griega que significa “ombligo del mundo”, una propuesta de danza contemporánea del coreógrafo Damien Jalet, en la que veinte bailarines desafían los límites de la danza sobre una monumental antena parabólica. Y ahí comenzó todo…

Durante un rato dejé de resolver. Miré cuerpos, movimientos, tensiones, silencios. Arte. No había una noticia que comprender ni una explicación que seguir. Pero, sin duda, algo estaba siendo dicho. Salí tranquila, pensativa y con una sensación que podría parecer menor pero que, en estos tiempos, no lo es: había logrado detenerme.

Mis pequeñas vacaciones en el arte.

Pensé entonces que quizá una de las funciones más poderosas del arte hoy sea precisamente esa: interrumpirnos.

Vivimos rodeados de información sobre el presente. Minuto a minuto, recibimos noticias mientras ocurren, acumulamos imágenes, opiniones, datos y explicaciones. Y, paradójicamente, tanta información no necesariamente significa que comprendamos mejor el tiempo que estamos viviendo.

El arte nos propone otra forma de hacerlo.

Siempre lo ha hecho. Cada época ha dejado en sus manifestaciones artísticas rastros de aquello que la inquietaba, deseaba, temía o necesitaba decir. Hoy aparecen una y otra vez el cuerpo, la identidad, la violencia, la tecnología, la soledad, la memoria, el medio ambiente, la migración o el deseo. No porque sean temas de moda, sino porque atraviesan nuestro presente.

La diferencia es que el arte no tiene la obligación de explicarnos qué significa todo esto. Puede hacer algo mucho más inquietante: colocarnos frente a ello.

Una película puede acercarnos a una realidad que nunca hemos vivido. Una canción, nombrar algo que no sabíamos decir. Una obra visual, incomodarnos. La danza puede incluso prescindir de las palabras y, aun así, hacernos sentir que conectamos con algo que, en este caso, era la memoria, el tiempo y la condición humana.

Tal vez por eso necesitamos seguir encontrándonos con el arte. No solamente para aprender, entretenernos o “consumir productos culturales”, sino para hacer una pausa suficientemente larga como para volver a mirar y a sentir.

Omphalos no resolvió ninguno de mis pendientes. Cuando salí del teatro seguían ahí. Pero durante un par de horas dejaron de ser el centro y de ocuparlo todo.

Y quizá entender nuestro presente también requiera eso: salir por momentos de su velocidad para poder observarlo. Porque, a veces, unas pequeñas vacaciones en el arte son suficientes para regresar al mundo mirándolo de otra manera.