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Arte · Mayo 2026

La infancia sí influye: La cultura que se hereda

Ninfa Romero

20 de mayo de 2026·6 min de lectura
La infancia sí influye: La cultura que se hereda

Se presume que la participación cultural en México comienza a recuperarse tras la pandemia gracias a que muchos de nuestros vínculos con el arte nacen antes de que podamos nombrarlos: en los estímulos, los hábitos y las experiencias que nos acompañan en la infancia y permanecen en la vida adulta.

Soy curiosa y después de confirmar que la Encuesta Nacional sobre Hábitos y Consumo Cultural no tiene una periodicidad fija y se ha realizado en ediciones únicas e intermitentes en 2010 y una especial de la UNAM en 2020, me topé con los resultados más recientes del Módulo sobre Eventos Culturales Seleccionados (MODECULT) 2025, presentado por el INEGI, que arroja estadísticas sobre la asistencia a eventos culturales y artísticos de la población a partir de los 12 años de edad.

Todo parece indicar que la cultura no está desapareciendo: está cambiando de forma, de ritmo y, sobre todo, de escenario. Lo que los datos dejan ver no es una simple sustitución entre lo presencial y lo digital como podríamos pensar, sino una convivencia desigual donde tener acceso no garantiza la participación y donde la experiencia cultural sigue dependiendo de factores más antiguos o "clásicos" que el streaming.

El hecho de que algunos formatos concentren mayor presencia de público mientras otros se mantienen en márgenes más estrechos no es solo una cuestión de gusto: es una geografía del acceso cultural que se repite año con año. Hay eventos que logran sostener a sus públicos y otros que parecen hablarle siempre a los mismos grupos. Esa repetición dice más de las condiciones sociales de participación que de la "oferta cultural" en abstracto.

Pero el dato que desarma cualquier lectura simplista aparece cuando se pone la mirada en la infancia porque sí, quienes recibieron estímulos culturales en casa o en la escuela durante las primeras etapas de vida—leer, asistir a museos, teatro, música— son consistentemente más propensos a asistir a eventos culturales en la vida adulta. Es decir, la cultura no empieza en la cartelera del fin de semana ni en la plataforma digital, empieza mucho antes, en la rutina doméstica y escolar. Ahí se define buena parte de quién se sentirá incluido o no en la vida cultural pública.

Del otro lado están quienes no asisten. Y los datos lo muestran con claridad: no es una sola razón, sino una acumulación. Falta de interés, falta de tiempo, costos, distancia o ausencia de hábito. No son excusas aisladas, sino condiciones que se suman hasta convertir la asistencia cultural en algo excepcional. La no asistencia no siempre es rechazo; muchas veces es desconexión aprendida.

Complejo porque en este contexto, hablar de "hiperconsumo cultural digital" como contraparte de lo presencial puede ser engañoso. Es claro que el consumo digital se ha expandido y es más accesible que nunca, pero el dato duro no muestra una sustitución directa. Lo que evidencia es que la participación cultural sigue mediada por la formación temprana y por desigualdades estructurales que el entorno digital no corrige.

La oferta existe: las carteleras culturales en Monterrey y su área metropolitana se mantienen activas, con opciones para distintos públicos y casi siempre con al menos una actividad gratuita cada día. El punto es qué tan relevante es para nosotros incorporar esa oferta en la vida cotidiana.

La cultura, entonces, no está en crisis por exceso de pantallas. Está tensionada por algo más profundo: la diferencia entre tener acceso a contenidos y haber sido socializado para habitar la cultura como experiencia natural y compartida. Y esa diferencia no la resuelve el algoritmo, ni se corrige sola con el tiempo: se construye o se pierde desde los primeros entornos de cuidado, donde quienes acompañan la infancia definen, muchas veces sin nombrarlo, si la cultura será parte de la vida cotidiana o un territorio ajeno al que se llega tarde o no se llega nunca.

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