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Miscelánea · Enero 2026

De padres a hijos

Lo que no se dice en la mesa y lo que queda cuando se van

Vanessa Castro

20 de enero de 2026·7 min de lectura
De padres a hijos

Esta mañana tuve un desayuno de amigas. Después del típico intercambio de chismes sin importancia, pero bastante entretenidos, la plática se fue tornando cada vez más profunda, como suele pasar cuando el café avanza y la confianza ya está servida en la mesa. Llegamos al tema de nuestros papás y ahí, sin querer, el ambiente cambió.

Yo, desde hace más de dos años, soy lo que mi esposo llama, medio en broma y medio en serio, "huérfana". Perdí a mi mamá después de ocho meses de cuidados intensos, miedos constantes y decisiones difíciles, y a mi papá ya lo había perdido diecinueve años antes. Así, sin darme cuenta, me convertí en eso. Pero el proceso, más allá del dolor y de lo aterrador del panorama, terminó siendo una lección valiosa, de esas que no se buscan pero se quedan para siempre.

En la época de nuestros papás no existía la cultura del retiro como la entendemos hoy. No sé si porque de plano no lo pensaban siquiera o porque asumían que los hijos, en agradecimiento a la crianza recibida, nos haríamos cargo de ellos llegado el momento. Qué encargo tan pesado y qué arriesgado también, porque de entrada, por más bien que uno como padre o madre haya hecho su labor, no hay garantía de nada. No sabemos si los hijos tendrán el temple emocional, la estabilidad personal o los recursos necesarios para hacerlo. Y no hablo sólo de dinero, que de por sí ya es un tema complejo y angustiante, sino de algo más silencioso y profundo.

Cuidar de un adulto mayor es una tarea titánica. Es invertir los roles de golpe y sin manual de instrucciones. Es convertir en tu hijo a alguien que fue tu figura de seguridad y autoridad durante toda tu vida. Es aprender a tomar decisiones por ellos, a veces en contra de su voluntad, y cargar con la duda eterna de si hiciste lo correcto. Es una responsabilidad que deja secuelas que jamás imaginaste: cansancio emocional, culpa, enojo que no se puede decir en voz alta y un duelo que empieza mucho antes de la despedida final. Nadie te prepara para eso y, sin embargo, muchas veces se da por hecho que "así debe ser".

A partir de esa experiencia he tomado una decisión muy clara: liberar a mi descendencia de ese karma entendido como obligación. No quiero que el cuidado en mis últimos años sea una carga impuesta ni una factura emocional por cobrar. Quiero que, si están ahí, sea por gusto, por amor y por voluntad propia, no por culpa ni por miedo al juicio ajeno. Aspiro a construir un cierre de vida donde la convivencia sea ligera dentro de lo posible, donde el acompañamiento nazca del deseo y no del deber, y donde el sentimiento final no sea el remordimiento, sino la paz de haber elegido estar.

Tal vez amar también consiste en eso: en no heredar pesos innecesarios, en romper acuerdos silenciosos que ya no funcionan y en entender que cuidar no siempre significa sacrificarlo todo. A veces, cuidar también es soltar.

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