Te levantas mojada en la mitad de la noche, no una ni dos, sino varias veces. Tu talla ya creció sin avisar, tu mente ya no es tan lúcida y tu cuerpo duele sin razón. Se te abre la llave de las lágrimas viendo videos de perritos en TikTok y, en una palabra, dejas de reconocerte.
Se acabó la garantía de la máquina.
Tus hormonas empiezan a irse poco a poco, junto con esa versión que conoces, por lo menos, desde hace cuatro décadas de ti misma. Y entonces comienzas a preguntarte qué pasó. En qué momento tu cuerpo decidió cambiar las reglas sin consultarte y por qué nadie te explicó realmente lo que estaba por venir.
Qué cosa tan complicada.
Y aunque, afortunadamente, las mujeres contemporáneas que están a tu alrededor están padeciendo lo mismo que tú, ese vacío y, sobre todo, esa inmensa soledad te aborda sin permiso. Porque una cosa es saber que no eres la única y otra muy distinta sentir que alguien realmente entiende lo que estás viviendo.
El comienzo de esta etapa me pegó fuerte. No fue fácil poner un alto y buscar cómo salir de este enredo hormonal y emocional, en donde, socialmente, en este mundo, lo primero que te hacen sentir es que perdiste no solo la juventud, sino también el valor inherente que te da serlo.
Como si dejar de ser joven significara automáticamente dejar de ser atractiva, interesante, necesaria o valiosa. Como si después de cierta edad hubiera que pedir permiso para seguir ocupando espacio, para reinventarnos, para sentirnos deseadas, para empezar cosas nuevas o simplemente para disfrutar la vida.
Una vez arreglada la parte médica del asunto, tuve la claridad de llegar a una conclusión: lejos, muy lejos de valer menos, es cuando más valiosas nos volvemos.
La experiencia que nos ha dado la vida, el amor interminable que hemos dado y recibido, las pérdidas que hemos sobrevivido, las veces que hemos tenido que empezar de nuevo y las prioridades que cambiaron para darle paso solo a lo verdaderamente importante nos vuelven incalculablemente valiosas.
Ya no tenemos veinte años y, honestamente, qué bueno.
Porque ahora sabemos quiénes somos. Sabemos lo que queremos y, quizá todavía más importante, sabemos perfectamente lo que ya no queremos. Hemos aprendido a distinguir lo urgente de lo importante, lo superficial de lo esencial y a elegir con mucho más cuidado dónde ponemos nuestro tiempo, nuestra energía y nuestro amor.
Si logramos cuidar lo más posible el cuerpo y la mente, creo que también es momento de mirar hacia adelante. De preguntarnos qué queremos construir con todos estos años que todavía tenemos por delante y qué legado estamos dejando.
Porque quizá esta etapa no se trata de despedirnos de quienes fuimos, sino de conocer a la mujer en la que nos estamos convirtiendo.
Y quiero llegar al final del camino, voltear hacia atrás y sentirme satisfecha y feliz de haber vivido plenamente; de haber llegado a la cúspide de la vida, no al fondo de la decadencia.
Así que sí: se acabó la garantía. Pero eso no significa que se acabó la vida. ¡Feliz menopausia!
