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Miscelánea · Octubre 2026 (2)

EL PERDÓN

Vanessa Castro

30 de octubre de 2026·4 min de lectura
EL PERDÓN

Hace no mucho, una persona que hace muchos años me lastimó intencional y conscientemente decidió finalmente pedirme perdón y reconocer su error. Había repetido tantas veces que ya lo había dejado atrás y que ya no me importaba, que por un momento hasta yo misma me lo creí. Pero cuál sería mi sorpresa al escuchar la disculpa y sentir cómo se acumulaban, de inmediato e instantáneamente, todos aquellos dolores y corajes que creía enterrados y olvidados. Todo se sintió tan reciente que mi primer impulso fue decir: «¡Por supuesto que no!», para después dar paso a la prudencia, volverme magnánima y responder: «Por supuesto que sí».

Pasado el momento y la sorpresa de los hechos, tuve la oportunidad de detenerme, pensar en lo sucedido y cuestionarme por qué lo primero que quise hacer fue negarme. Desmenuzando el sentimiento, creo que otorgar el perdón me hizo sentir víctima nuevamente, como si no supiera defender mi postura ni mantener mis límites. Esa indefensión me hacía decepcionarme de mí misma. ¿Cómo era posible que hiciéramos como si nada hubiera pasado? No daba crédito a ser capaz de pasar por alto aquello que durante tanto tiempo había sostenido como la historia en la que yo era quien había sido pisoteada y que, al perdonar, estaba volviendo a permitirlo.

Me tomó un buen rato entender cuáles serían las verdaderas repercusiones de aceptar sus disculpas. Para empezar, otorgar el perdón no significa conceder confianza instantáneamente. Tampoco significa reintegrar a esa persona a un mundo en el que pueda volver a causar dolor ni devolverle el lugar de importancia que tuvo en su momento.

Hemos sido educados para pensar que perdonar nos hace mejores personas, que es una muestra de nobleza y que negarnos a hacerlo nos convierte en seres resentidos. Pero ¿y si el perdón no tuviera que ver con ser buenos o malos? ¿Y si fuera, simplemente, una decisión personal que no le debemos a nadie?

Hoy entiendo que perdonar no borra lo sucedido, no justifica el daño ni obliga a reconstruir una relación. Mucho menos significa que debamos abrir nuevamente la puerta a quien alguna vez la cruzó para lastimarnos.

Perdonar tampoco es fingir que nada pasó. Es reconocer que pasó, que dolió y que dejó huella, pero decidir que esa historia ya no tiene por qué seguir definiendo nuestro presente.

Porque perdonar no es absolver al otro ni traicionarnos a nosotros mismos. Es dejar de cargar con una historia que no podemos cambiar, sin renunciar a lo que aprendimos de ella. Hoy sé que puedo perdonar sin olvidar, soltar el rencor sin bajar la guardia y aceptar una disculpa sin conceder una segunda oportunidad. Porque reconocer el daño que alguien me hizo no me convierte en víctima para siempre, pero perdonar tampoco me obliga a volver a ponerme en sus manos. No necesito seguir odiándote para recordar por qué te alejé de mi vida. Y si algo tengo claro es que mi perdón no borra tus actos, no

cambia el pasado ni te devuelve el lugar que perdiste. Ese lugar ya no te pertenece. Porque puedo liberarte del peso de mi rencor sin liberarte de las consecuencias de tus decisiones. Y, sobre todo, puedo perdonarte sin volver a elegirte.