Hay algo en la escritura de las mujeres que no se puede explicar del todo, pero se siente.
A lo largo de la historia hemos estado ahí: a veces visibles, muchas veces no. Observando, sosteniendo, viviendo procesos que no siempre pudieron nombrarse en voz alta. Y entonces apareció la escritura. No como un lujo, sino como una necesidad.
Escribir se volvió refugio, pero también valentía. Porque poner en palabras lo que duele, lo que incomoda, lo que cuestiona, nunca ha sido fácil. Las mujeres han escrito sobre lo que se les quiso callar: la violencia, el abuso, la desigualdad, pero también la alegría, los logros, el amor y la libertad. Han escrito para entenderse, para no perderse, para dejar rastro.
Hoy leemos a mujeres que escriben con fuerza, con claridad, con libertad, y a veces olvidamos que esa libertad no siempre existió. Que hubo otras antes, que escribieron con miedo, que publicaron con seudónimos, que fueron cuestionadas, minimizadas, silenciadas… y aun así, escribieron.
Gracias a ellas, hoy podemos decir lo que pensamos. Podemos incomodar, inspirar, compartir nuestras ideas sin pedir permiso. Y eso también es un acto de memoria.
Porque sí, hemos avanzado. Hay leyes, hay espacios, hay visibilidad. Pero en lo cotidiano, en nuestro entorno más cercano, algo sigue faltando. En la forma en la que hablamos entre nosotras, en cómo nos miramos, en cómo nos nombramos.
Seguimos hablando del cuerpo de otras mujeres. Seguimos juzgando cómo viven, cómo se comportan. Y puede parecer algo pequeño, pero no lo es. Es ahí donde se pierde el foco.
Necesitamos cambiar esa narrativa. Pasar de la competencia a la comunidad, de la comparación al reconocimiento, del juicio al acompañamiento.
Hoy, al intentarlo, al hacerlo consciente, al equivocarme y volverlo a intentar, puedo decir que se construye un puente más sólido, no solo para mí, sino para mi hija y para las hijas de mi hija. Y eso, para mí, lo cambia todo.

