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Ensayo · Abril 2026

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Cuando el silencio deja de ser neutral y se convierte en complicidad

Vanessa Castro

20 de abril de 2026·5 min de lectura
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Cuando el silencio deja de ser neutral y se convierte en complicidad, la violencia deja de ser ajena.

La población masculina de México supera los 62 millones de hombres. La población total de Francia también ronda esa cifra. Uso esta comparación para dimensionar lo que cuesta asimilar que una sola página de internet haya alcanzado, en apenas un mes, un volumen de visitas equivalente a un país entero. No es una metáfora cómoda. Es un golpe directo a la conciencia.

La cadena noticiosa CNN publicó recientemente un reportaje sobre este sitio. Lo verdaderamente inquietante no es solo su existencia sino la normalización de su contenido. Se trata de un espacio donde se instruye a hombres sobre cómo drogar y abusar de mujeres. Hay foros que detallan procedimientos, intercambian recomendaciones y describen sustancias capaces de anular la voluntad durante horas sin dejar rastro evidente. Todo se presenta con una frialdad técnica que hiela la sangre. Como si se tratara de una receta o de un tutorial inofensivo.

El nivel de organización resulta aún más perturbador. No solo comparten información. Ofrecen facilidades para adquirir estas sustancias mediante envíos discretos y accesibles. Por una cantidad mínima se abre la puerta a videos que documentan estas agresiones, convertidas en espectáculo y mercancía. Y por si no bastara, invitan a los usuarios a compartir sus propias experiencias, creando una comunidad que valida, amplifica y perpetúa la violencia.

Al enterarme de esto sentí miedo. Un miedo concreto, incómodo, imposible de ignorar. Cómo se reconoce a quienes participan en estos espacios. Cómo se distingue entre quienes conviven todos los días con nosotras y quienes consumen, aprenden y replican estas prácticas. La pregunta no es exagerada. Es urgente. Porque no hablamos de casos aislados sino de una cultura que encuentra refugio en el anonimato digital.

Surgen muchas preguntas y pocas respuestas. Lo más inquietante es la reacción habitual que intenta diluir la responsabilidad con frases que buscan tranquilizar conciencias. No todos son así, dicen. Pero esa defensa se vuelve insuficiente cuando el silencio protege, cuando la indiferencia permite, cuando la burla minimiza. Callar frente a la violencia no es neutral. Es elegir un lado. Y en ese gesto, aunque no sean todos, el silencio y la inacción terminan por convertirlos en todos. La complicidad no siempre grita. A veces se sienta a un lado y no hace nada. Y eso también cuenta.

Este mensaje va dirigido especialmente a quienes se consideran fuera de ese grupo. No basta con no participar. Hace falta intervenir. Señalar. Romper la comodidad de los espacios donde se habla de las mujeres con desprecio o violencia. Cuestionar a los amigos, a los compañeros, a los conocidos que cruzan la línea y pretenden que todo siga igual. La incomodidad no es el problema. El problema es la permisividad.

La violencia no crece sola. Se alimenta de lo que se tolera. Y lo que se tolera termina por volverse norma. Por eso la responsabilidad no puede seguir fragmentándose hasta desaparecer. Si de verdad no son todos, entonces que se note. Que se escuche. Que incomode. Porque mientras exista un solo espacio donde esto se enseñe, se compre y se celebre, el riesgo es real para todas.

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