Hay una pregunta que siempre me hacen cuando termina un semestre del club de lectura: ¿cuál fue el mejor libro? Nunca sé qué responder. No porque no existan favoritos, sino porque cada historia llegó en el momento preciso y dejó una conversación distinta. Algunos libros nos hicieron viajar; otros nos confrontaron con la historia, la violencia o la pérdida; algunos nos llevaron a mundos fantásticos y otros nos recordaron que la realidad puede ser tan sorprendente como la ficción. Eso es lo que más disfruto del club de lectura: descubrir que un libro nunca se lee de la misma manera. Cada lector llega con sus experiencias, sus emociones y sus propias preguntas y, al final, la novela ya no pertenece únicamente a su autor, sino también a quienes la leen, la discuten y la hacen suya.
De febrero a julio recorrimos distintos países, épocas y géneros literarios. Fueron once libros que nos hicieron viajar sin salir de la mesa donde, mes tras mes, compartimos café, opiniones y el placer de descubrir nuevas historias. Comenzamos con Ráfaga roja, de Liliana Blum, inspirada en la historia de Hannie Schaft y en la resistencia holandesa durante la Segunda Guerra Mundial; después llegó La sirena y el jubilado, de Elmer Mendoza, con su mezcla de novela negra, política y crítica social. Coyote Balcánico, de Rayo Guzmán, nos llevó de México a Serbia para descubrir que el choque de culturas también puede convertirse en un puente entre personas.
Las Cervantes, de Martha Bátiz, nos permitió conocer con extraordinaria intimidad las vidas de las mujeres que rodearon a Miguel de Cervantes. Más tarde viajamos a Estambul con Sophia Goldberg y sus Lunas de Estambul; reflexionamos sobre la culpa, el abuso de poder y la condición femenina con Por mi gran culpa, de Ligia Urroz; continuamos con La ausencia, de Mónica Lavín, y con La vida en rojo, de Verónica Langer, dos novelas que nos hicieron hablar sobre la memoria, las pérdidas y las decisiones que transforman una vida.
Maga de sangre, de Luciana Longoni, nos llevó a un universo de magia, hechiceros, cazadores y antiguos enemigos; Cielo cruel, de Maritza M. Buen Día, dio pie a algunas de las conversaciones más intensas del semestre y, finalmente, A la sombra de un árbol muerto, de Mónica Rojas, cerró este recorrido con una inolvidable historia familiar que atraviesa generaciones y conmueve por la humanidad de sus personajes.
Cuando observo la lista completa descubro que no solo leímos once libros. Viajamos por distintos países, conocimos autores extraordinarios y exploramos historias que nos hicieron mirar el mundo desde perspectivas muy diferentes. Cada lectura dejó preguntas, emociones y conversaciones que enriquecieron nuestra experiencia como lectores. Pero si algo hizo especial este semestre no fueron únicamente las novelas, sino las opiniones encontradas, los personajes que parecían sentarse con nosotros en cada reunión, las recomendaciones que siguieron pasando de mano en mano y la certeza de que un libro crece cuando es compartido.
En un mundo donde cada vez consumimos más contenido de manera rápida, detenernos una vez al mes para conversar alrededor de un libro se ha convertido en un pequeño acto de resistencia. Leer con calma, escuchar otras perspectivas y permitir que una historia nos transforme sigue siendo una experiencia profundamente humana. Ahora que el verano invita a bajar el ritmo, quizá alguno de estos libros encuentre un lugar en una maleta, en una mesa de noche o junto a una taza de café. Si alguno de ellos despierta conversaciones tan memorables como las que vivimos en el club, habrá cumplido su misión.
Hoy termina un semestre, pero no la conversación. Porque un buen club de lectura no se mide por la cantidad de libros que alcanza a leer, sino por las huellas que esas historias dejan en quienes las comparten. Y esas huellas, afortunadamente, permanecen mucho después de cerrar la última página. Gracias por permitirme acompañarlos en este recorrido y por hacer de este club un espacio donde la literatura deja de ser un acto solitario para convertirse en una conversación que nos enriquece a todos. Porque los libros terminan, pero las historias que compartimos alrededor de ellos tienen una manera extraordinaria de quedarse con nosotros. Nos leemos en el próximo semestre.

