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Arte · Octubre 2025

Bajo el cielo variopinto de libros

Artepuerto

Ninfa Romero

20 de octubre de 2025·7 min de lectura
Bajo el cielo variopinto de libros

Mis primeros encuentros con los libros fueron en casa: páginas que a veces olían a imprenta, a primer día de clases, a reliquia o a secreto. Pero la primera vez que me regalaron un libro, siendo muy joven, con una ingenua pasión por la cultura y un gusto por el arte que todavía me tiene cautiva, me sentí tocada por los dioses: la chica más irresistible y peligrosa del lugar. Y es que, a veces, no sabemos bien por qué, pero en lo profundo de nuestro ser amamos los libros.

Casi todos los años asisto a la Feria Internacional del Libro Monterrey, y esta vez mis visitas dieron para más porque, además de tener la suerte de ir en la mejor compañía, iba empoderada: ahora había leído más que en otros años —en los últimos meses, bastante—, lo cual me hizo sentir fortalecida y orgullosa por superar ese récord personal. Por otra parte, feliz, gracias a que mi actualidad laboral me permite acceder y disfrutar de los eventos culturales y productos artísticos con la autenticidad de siempre, pero desde una perspectiva imparcial, autónoma y totalmente abierta. Y quizá lo más importante: porque soy otra persona, la misma, pero en otro momento, en otra temporada, más libre, más plena y dispuesta. Sí, afortunada.

La experiencia comenzó desde que descargué el programa y me perdí un rato imaginando el entorno, los espacios, los encuentros y las joyas que podría toparme. Siempre hacer un borrador del plan ideal con aquello que no te quieres perder, aunque sea en la mente, resulta inspirador. Ese primer día salí de casa con entusiasmo, buena música para acompañar el trayecto y preparada para surcar ese cielo sorteando la multitud con todas las ganas de no perder la paciencia, la cortesía y la capacidad de asombro. La meta era sencilla: disfrutar, dejarme llevar, encontrar y no arrepentirme de haber intentado la hazaña… ¡Y se logró!

La compañía importa. Ir sola puede ser una gran experiencia, pero desfilar esos pasillos acompañada también lo es, aunque requiere un casting metódico: quedar con esa persona con la que sabes que no perderás la cordura en el atasco vial de la llegada, la que suma a la buena toma de decisiones sobre los accesos, con la serenidad para recorrer los pasillos a placer, detenerse y avanzar sin prisa, sin culpas ni conflictos, y con la mejor disposición para vivir la jornada entre los libros. Pero, sobre todo, con la total capacidad y la voluntad para pasarla bien —mix ideal de pensamiento crítico, curiosidad y sabia ligereza—, para gozar y sortear las vicisitudes que todo paseo de este tipo puede implicar.

Los motivos para ir a una feria del libro pueden ser muchos y variados: hay quienes asisten por trabajo, por las charlas y conferencias, para encontrarse con sus autores favoritos o por esos textos que en otros lugares son difíciles o imposibles de encontrar. Hay quienes lo hacen para acercar a las infancias a la lectura, para pasear, para hacerse la selfie, para reencontrar amigos o enamorarse. Todos son válidos, pero hay uno que los abarca todos: la necesidad de estar ahí, de ver, tocar, oler los libros y saberse —sentirse— entre ellos.

Porque para autores, promotores, editores, libreros, mediadores y lectores, una feria del libro es una constelación de presencias, letras, voces y miradas que ilumina el firmamento cultural de una ciudad. Un espacio mágico en el que, al menos por unos días, todas las personas que ahí nos congregamos compartimos un mismo cielo donde la palabra es protagonista, las ideas brillan y las historias se entrelazan.

Porque las ferias del libro conectan a lectores y no lectores en espacios de encuentro y diálogo que, además de promover el libro y la lectura, construyen comunidad, tejen redes de colaboración y tienden puentes creativos; que tienen un origen histórico y han evolucionado de los antiguos mercados de libros hasta convertirse en verdaderas plataformas culturales, comerciales y afectivas.

Aunque se dice que, en ocasiones, la apuesta comercial —grandes editoriales, autores reconocidos o invitados internacionales— domina más de lo deseable y diluye la participación de las editoriales independientes, la literatura regional y las propuestas alternativas, que son fundamentales para el dinamismo y la diversidad de las ferias; que algunos escritores prefieren no coincidir en firmas con influencers o figuras mediáticas que han publicado libros exitosos; o que no todas las personas leen los libros que adquieren en las ferias… Se sabe que la nutrida concurrencia y las ventas de las últimas ferias que han tenido lugar en nuestra ciudad contradicen, de cierto modo, el viejo mito de que en el norte de México se trabaja mucho pero se lee poco. ¡Que así sea!

La cosa es que —sin darnos cuenta— todos necesitamos espacios para hablar de los libros que hemos leído, hojeado, comprado, regalado, deseado, perdido, prestado, quemado, imaginado o querido escribir.

Y aunque no todas las personas lean los libros que compran, la emoción de haber invertido en ellos nos cambia el ánimo: nos hace caminar más erguidos, con el corazón contento y el alma saciada, aunque sea por un rato. Porque sí: mercar libros siempre será mejor que gastar en comida chatarra, apps inútiles o prendas olvidables.

Visitar una feria del libro reafirma nuestro amor por la lectura y nuestra necesidad de descubrir y sorprendernos. Que cada persona que visite nuestras ferias compre al menos un libro. Y, sobre todo, que lo lea, lo disfrute y lo comente. Porque la conversación que nace con un buen libro nos pertenece, nos transforma y rara vez se olvida.