Consideremos a Juan: todos los días lee lo equivalente a treinta páginas, sin excepción. Pero Juan no se considera lector, y de hecho si le preguntas te diría que no ha leído nada en años.
Cuando hablamos de la lectura como identidad, generalmente hablamos de algo bastante específico. Las personas que se identifican como lectoras suelen hacerlo porque tienen una relación intelectual, emocional y social estrecha con la lectura. Pero más allá de la lectura en sí como actividad, parece ser una relación con cierto tipo de textos.
La razón por la que Juan no se siente lector es porque sus treinta páginas diarias son de sus correos electrónicos, publicaciones de redes sociales, alguna página de internet que consultó para responder una pregunta y sus extrañas conversaciones con ChatGPT. La última vez que leyó un libro fue en la escuela y no lo hizo por gusto. No tiene ni una relación intelectual, ni emocional, ni social con la lectura. Leer es algo que hace, pero no define su identidad.
Por otro lado podríamos tener a alguien que sí tiene una relación estrecha con los libros, pero cuando las personas le preguntan que cuáles libros y contesta que novelas gráficas, terminan cuestionándole si eso cuenta como lectura. ¿Qué pasa con alguien que lee solamente microficción en redes sociales? La línea entre lo que cuenta socialmente y lo que no puede llegar a ser algo difusa, especialmente considerando la cantidad de formatos que existen y su respectivo valor cultural (que puede o no estar justificado).
Todo esto quiere decir que además de la actividad de lectura en sí misma, existe una serie de factores que determinan si una persona puede considerarse un lector o lectora. Diría que el factor social es el más complejo de todos, porque es especialmente escurridizo. Podríamos preguntar si cuenta que alguien lea correos electrónicos, pero ¿qué tal si en lugar de correos electrónicos son cartas? ¿Y qué tal si las cartas están publicadas en un libro? Podríamos decir que en todos los casos lo que se está leyendo es correspondencia, pero las respuestas podrían variar. Podrían decir que entonces depende de la calidad de la escritura, pero entonces ¿quién determina cuál es la calidad suficiente como para considerarse una lectura "de verdad"?
Las distinciones entre lecturas legítimas e ilegítimas pueden ser una forma de crear jerarquías de gusto, que casi siempre vienen de la mano con jerarquías de clase. Porque al final, estos gustos suelen requerir cierta educación y poder adquisitivo. Sin embargo, como siempre en la cultura, estas definiciones cambian con el tiempo, según las sensibilidades y la adopción de nuevas formas de escribir y de leer — ya sea estéticas o tecnológicas. Tal vez a la próxima, en lugar de dudar si algo cuenta o no como lectura, podríamos cuestionar qué nos hizo dudarlo en primer lugar.

