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Arte · Diciembre 2025

Vestir con propósito: 2026 una pausa necesaria

Artepuerto

Ninfa Romero

20 de diciembre de 2025·5 min de lectura
Vestir con propósito: 2026 una pausa necesaria

Aprendí a coser con mis abuelas desde un acto cotidiano: se trataba de crear, reparar, ajustar o prolongar la vida de prendas que importaban. Tras décadas de dedicarme a la gestión del arte y la cultura —la columna vertebral de mi trayectoria profesional—, hace un par de años me aventuré a emprender mi propia marca de ropa para diseñar y confeccionar personalmente piezas únicas y atemporales. Un proyecto que satisface mi necesidad creativa y que me colocó frente a una industria tan seductora, como contradictoria.

Entrar a la moda desde lo independiente cambia la mirada. Te obliga a cuestionarlo todo: qué haces, para qué lo haces, para quién, y a quién beneficia cada decisión que tomas. Y es desde ese lugar que hoy escribo.

Hace unos días se dio a conocer que la presidenta de México, Claudia Sheinbaum apareció en la lista de las personas con mejor estilo de 2025 del New York Times debido al uso de textiles artesanales mexicanos, la visibilización y la defensa del trabajo de las mujeres creadoras detrás de esas piezas; lo cual me pareció interesante y buen punto de partida para una reflexión que considero necesaria.

A lo largo de la historia, la vestimenta ha vivido en una tensión constante entre la estética y la practicidad. A veces se nos olvida que la ropa nació para acompañar el cuerpo en la vida diaria y no para imponerle ritmos ajenos ni exigencias efímeras y nos vemos inmersos en un sistema de consumo de moda desmedidamente accesible y acelerada que rara vez nos deja algo significativo. El "fast fashion" nos empuja a comprar en exceso, usar poco y desechar rápido, mientras agota el planeta y precariza vidas para promover un consumo sin memoria.

Y viéndolo así, nada resulta barato. El consumo responsable y consciente de ropa deja de ser una postura idealista para convertirse en una urgencia: comprar menos y mejor. Elegir prendas duraderas, éticas, bien hechas. Priorizar la calidad sobre la cantidad, el impacto social y ambiental sobre el precio. Pensar en la vida completa de una prenda: de dónde viene, quién la hizo, cómo cuidarla, cómo repararla, transformarla o darle un nuevo ciclo antes de desecharla.

Despegarnos un poco de la tendencia para acercarnos a la congruencia. Vestir para nosotros mismos, y responder a nuestro momento vital desde lo más íntimo. Y apostar por esas prendas bien hechas para migrar a un consumo más consciente: respetar procesos, apoyar economías locales y elegir historias que merecen ser contadas… y portadas.

Quizá un buen propósito para este nuevo año: repensar y preguntarnos cuántas cosas habitan nuestro guardarropa sin volver a tocarnos, sin representarnos, sin provocarnos. Dejar de comprar para encajar, aparentir o llenar vacíos que ninguna prenda puede resolver. Vestir para vibrar bonito, para iluminar, para contagiar bienestar y ser nosotros mismos.

Menos ropa y más concepto. Caminar hacia ese punto de equilibrio donde las prendas sean piezas aliadas que dialoguen con nuestro modo de habitar el mundo, nos permitan movernos con libertad y nos acompañen a mediano o largo plazo, sin renunciar al goce estético, ni al sentido. Autenticidad que no tiene que ver con excentricidad, sino con coherencia.