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Música · Mayo 2026

Mis guitarras y yo (Parte II)

Hugo López

20 de mayo de 2026·8 min de lectura
Mis guitarras y yo (Parte II)

La guitarra de Willie Nelson se llama Trigger. Como el caballo que tenía Roy Rogers. Toca con ella desde 1969. Mis guitarras no tienen nombre. Tienen cariño e historias, y están por todos lados en mi casa. Algunas guardadas, otras al alcance de tu brazo.

Entre el artículo anterior y éste enfrenté un gran reto: la siguiente guitarra que adquirí (después de la Tres Pinos (Missing In Action) y La Sevillana), fue una Yamaha C40M, completamente acústica, cuerdas de nylon, color madera natural mate… y no me puedo acordar dónde la compré. Es muy probable que anduviera enfiestado. Esa época de mi vida en donde a media tarde una comida se convertía en fiesta, la fiesta en euforia, y ésta en la compra de algún instrumento, equipo de audio o algún boleto para un concierto fuera de México. Tengo tres opciones de tiendas a donde pude haber ido pero no quiero mentir. Lo importante es que esa compra impulsiva, y accesible (quien sabe de guitarras estará de acuerdo) se transformó en un pasaje directo a ir tocando cada vez menos a La Sevillana y a convertir a esta guitarra en mi favorita. En ella compuse no solo la mayoría de las canciones del segundo disco de Carbono, sino también varias canciones de mis EP depresivos y pandémicos. Mi mejor recuerdo con ella: yo sentado en mi cama propuesto a escribir la cuarta y última canción del álbum "Songs From The Shade". Sin pensarlo puse el capo en el tercer traste, tomé un profundo respiro y empecé a arpegiar algo al estilo Jim Croce o Cat Stevens, y con el teléfono a lado para escribir la letra, en unos minutos brotó Tell Me Young Child. Estoy muy orgulloso de esa canción. Una porque es una carta de amor paterno a mi hija Paula que en ese entonces tenía 18 años y ya marcaba una clara distancia. Y dos, porque es la única canción con un destello de Luz en ese EP. En esa guitarra aprendió a tocar Luciana, mi otra hija. Ahí ha compuesto sus canciones. Y algo mágico es que es en la que mejor toco. Para una persona que no es un guitarrista estudiado, la Yamaha me hace sentir como si lo fuera.

Pasaron meses donde se presentó otro reto. Necesitaba una guitarra acústica, de calidad, con pastillas para conectarla en ensayos y tocadas. En esa época (circa 2016) el reggae era una fuerte influencia en mi estilo, así que Itzel tuvo un gran detalle conmigo y con la asesoría del buen Lechero: me sorprendió en mi cumpleaños con una Epiphone ES-335. Fui un tonto porque me debí haber quedado con ella. A la fecha tengo mis reservas para soltarme a tocar libremente en una guitarra eléctrica. Y aunque la quería para hacer el famoso "skankin'" del reggae, a la falta de un puente que permitiera ese estilo (y mi falta de técnica más bien) le pedí permiso a mi esposa de venderla y comprarme una electroacústica con una calidad que en ese momento ni siquiera soñaba, y que iba a usar mucho más. El cliente apareció en menos de una semana, y en menos de un mes, ya me encontraba yo en Hermes Music en el centro de McAllen, probando por primera vez guitarras que superaban los $500 dólares. Después de varias pruebas, llamadas a Lechero, consultas en Internet, y 4 horas de indecisión, salí triunfante portando en mis manos a mi queridísima Manuel Rodríguez carajo. Una verdadera chulada. Sonido cálido pero limpio y llegador. Brazo con dimensiones perfectas. Color natural oscuro. Mi acompañante en ensayos, tocadas y sesiones de grabación.

En esas épocas quería viajar con guitarra, y la Vida me llevó a la desaparecida Top Music y a una preciosa y diminuta Taylor Baby. En esa guitarra compuse El Zar del Disfrute, una pieza al estilo Jack Johnson, que me llegó estando yo en la terraza de una cabaña en medio de la montaña, capo en el traste cinco, una taza de café y mi hija Pau (en ese entonces aún no había distancia) sentada a mi lado en una mecedora. Esa guitarra me acompañó a un viaje a Mérida y ahí en una casa de huéspedes me llegó La Guapa y el Loco, canción de amor desde las inseguridades y equivocaciones de un hombre. La empeñé en la mentada pandemia y pronto la voy a recuperar.

Mientras grababa mi segundo EP "Rising" también producido por Lechero, como el anterior, el buen Cholo me dijo: "Estas canciones van con cuerdas de acero carnal." Era cierto. A los pocos días fui a Guitar Gear. Por alguna razón estaban promocionando mucho la marca Guild, me senté en esa salita acogedora que tienen ahí al centro de su pequeña y profesional tienda, y desde el primer acorde de "Me and Bobby McGee" me enamoré de mi Guild Memoir P-240. "La Parlor". Como dicen los reviews: "the singer-songwriter guitar". Es cierto que le faltan graves, pero se siente cerca, limpia, brillante. Te haces "hombre" con esas malditas cuerdas gruesas de acero y le sacas un sonido que sabe a monte. Mis amigos se la pelean en las pedas.

Y toda historia llega a su fin (por ahora). Al comenzar a tocar más country folk y outlaw hace un par de años, esa falta de cuerpo y de graves de mi Guild "dioro" no podía ser una limitante. Aparece en escena el buen Pepe Cárdenas y me dice "Carnal cáele a la casa, tengo varias… Martin… que te pueden interesar". "Varias, ¿qué? ¿Martin?" Y ahí voy. Esperando me alcance el presupuesto y con las palabras CFMartin & Co. en mi mente. Más bien con el logo en mi mente y el sonido en mis oídos. Llegué a casa de Pepe y aunque no estaba en venta le dije: ¿Qué onda con esa? Martin X-Series. Sunburst. Fue como cuando escoges un perrito o un carro que no pensabas quedarte con él, pero que siempre fue tuyo. La probé. Me gustó. Probé otras 3. Volví a la primera. Me gustó. Probé de nuevo otras dos. Volví a la primera. Me quedé con ella y ella conmigo. Estuche original. Cuerdas 11 para irnos con calma. En unos meses brinco a las 12. Quien la ha escuchado al natural invariablemente me dice: "¿Oye qué onda con el sonido de esta guitarra?" Yo me lo sigo preguntando sin afán de encontrar respuesta. Como dije en mi primer artículo, la música no se cuenta, se vive. Estas palabras, finalmente, son solo mis historias e interpretaciones de su mundo, de mi mundo y, en estos dos artículos en especial, del camino recorrido entre mis guitarras y yo, que comenzamos hace 25 años con una Tres Pinos que espero hoy esté sonando rico en algún lugar del mundo, haciendo feliz a quien la toca y también a quienes la escuchan.

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