Hay una época del año en la que la vida parece bajar un poco el volumen. Septiembre trae consigo una luz distinta, tardes que comienzan a acortarse y una sensación casi imperceptible de transición. El otoño todavía no llega del todo, pero ya anuncia que algo está cambiando.
Con los años descubrimos que nuestra forma de habitar no fue diseñada de una sola vez. Es el resultado de muchas pequeñas decisiones y otras no tan pequeñas, algunas conscientes y otras heredadas: la casa donde crecimos, la ciudad que nos formó, las costumbres de nuestra familia, los lugares que elegimos, las personas que llegaron y aquellas que se fueron. Casi sin darnos cuenta vamos diseñando una maner propia de estar en el mundo.
De niños, la casa parece infinita. Un pasillo puede convertirse en una carretera, una escalera en una montaña y una habitación en un universo completo. Después llegan los años en que necesitamos puertas que se cierren, espacios propios, silencio. Este mundo lleno de color, olores, texturas nos acompañan en este camino de vida.
Más tarde aparecen las mesas grandes, las habitaciones para los hijos, los juguetes, las tareas, las cenas apresuradas y los domingos que parecen no terminar nunca. Y un día, casi sin aviso, la casa vuelve a quedarse en silencio. Los hijos crecen y con ellos cambia la arquitectura cotidiana de una familia. Una habitación deja de ser cuarto de juegos y se convierte en estudio. La casa no necesariamente ha cambiado. Pero nosotros sí. Y ahí aparece una de las preguntas más interesantes de la arquitectura: ¿qué sucede cuando el espacio permanece mientras la vida que lo habitaba se transforma? Habitar se convierte en aprender a negociar con el cambio.
Hay casas que envejecen con nosotros y otras que nos obligan a reinventarnos. Hay espacios que conservan recuerdos y otros que necesitan ser modificados para permitirnos comenzar una nueva etapa.Una arquitectura verdaderamente cercana a la vida no debería aspirar a permanecer idéntica para siempre. Debería tener la capacidad de acompañar.
Por eso diseñar un espacio no debería comenzar solamente preguntando cuántos metros cuadrados necesitamos o cuántas habitaciones queremos. Tal vez debería comenzar con preguntas mucho más íntimas: ¿cómo queremos sentirnos?, ¿qué queremos recordar?, ¿qué parte de nuestra vida merece un lugar?, ¿qué estamos dispuestos a dejar atrás?
Hay muebles que ya no necesitamos, habitaciones que pueden cambiar de función, rutinas que dejaron de tener sentido. A veces transformar un espacio no significa destruir lo anterior, sino reconocer que una nueva etapa necesita otra estructura.
La vida no nos entrega planos definitivos. Los vamos dibujando mientras caminamos. Y quizá esa sea una de las cosas más fascinantes de habitar: que nunca terminamos de diseñarnos.
A manera personal siempre me he pregutnado , si hoy me mudara que llevaria conmigo, no es una respuesta facil, para mi los espacios que habito tienen un sello muy personal en mi corazon mi lado romantico me exigue que todo tenga un sentido, me gusta contar hisotrias con lo que me rodea. Al final, nadie diseña completamente nuestra forma de vivir. La diseñan nuestros recuerdos, nuestras pérdidas, nuestros encuentros, las ciudades que hemos recorrido, las personas que amamos, las decisiones que tomamos y también aquellas que no tomamos.
Nosotros solamente vamos trazando sobre ese mapa. Y quizá en cada etapa exista una arquitectura distinta esperándonos.Porque cuando cambia la vida, también cambia la manera de habitarla.
Y tal vez la verdadera pregunta no sea quién diseñó nuestra forma de vivir, sino quién queremos ser cuando llegue el momento de volver a diseñarla.
