Volver a lecturas

Columna · Marzo 2026

Habitar los sentidos

Sandra Leal

21 de marzo de 2026·5 min de lectura
Habitar los sentidos

Hay un edificio en Monterrey que me hace detenerme cada vez que paso frente a él. No porque sea el más alto, ni el más nuevo, ni el más famoso. Me detengo porque cuando entro, algo cambia. La luz entra diferente. El sonido se vuelve más grave. El aire huele a madera vieja y a piedra.

Ese edificio no fue diseñado para impresionar. Fue diseñado para habitar los sentidos.

Hablo mucho de arquitectura como si fuera solo algo visual. Como si la calidad de un espacio se midiera en líneas, proporciones y materiales. Y sí, todo eso importa. Pero lo que de verdad hace que un espacio sea memorable no es cómo se ve. Es cómo se siente.

La arquitectura es de las pocas disciplinas que nos toca sin pedir permiso. No decides entrar a un edificio y pensar "voy a sentir el eco de este lugar". Simplemente entra, y el eco te cambia. No decides que la luz te afecte. Simplemente te afecta. No decides que el espacio te calme o te agite. Simplemente lo hace.

Por eso me interesa tanto la arquitectura sensorial. La que no solo se ve, sino que se escucha, se huele, se toca. La que entiende que el ser humano no es solo un par de ojos, sino un cuerpo completo que percibe el espacio con todo lo que tiene.

El sonido es lo primero. Un espacio puede ser visualmente perfecto y sonar horrible. Un eco mal calculado, un ruido que rebota sin control, una acústica que amplifica lo que no debe. Cuando un espacio suena bien, no lo notas. Cuando suena mal, no puedes pensar en otra cosa.

La luz es lo segundo. No me refiero a la cantidad de luz, sino a la calidad. De dónde viene, cómo entra, qué toca y qué deja en sombra. La luz bien diseñada no necesita mucha, necesita dirección. Un espacio donde la luz se siente pensada, medida, es un espacio donde uno quiere quedarse.

El tacto es lo tercero. Los materiales que tocamos sin pensar, los pisos que pisamos, las superficies que rozamos. Un espacio que invita a tocar es un espacio que se confía. Y un espacio que seconfía, es un espacio que se recuerda.

El olfato es lo que más se olvida. Pero es lo que más perdura. El olor de un espacio se queda en la memoria mucho después de que olvidamos cómo se veía. La madera, la piedra, el concreto, cada material tiene su olor. Y cuando un espacio respeta sus materiales, respeta también a quien lo habita.

Lo que me lleva a una pregunta: ¿por qué diseñamos espacios que solo se ven y no se sienten? ¿Por qué seguimos pensando en la arquitectura como algo visual cuando nuestra experiencia es mucho más que eso?

Creo que la respuesta es simple: porque es más fácil. Es más fácil medir lo que se ve. Es más fácil dibujar lo que se ve. Es más fácil vender lo que se ve. Lo que se siente no se dibuja, no se mide, no se vende. Y sin embargo, es lo que de verdad importa.

La arquitectura que me interesa es la que habita los sentidos. La que no se conforma con verse bien, sino que se preocupa por cómo suena, cómo huele, cómo se toca, cómo se vive.

Porque al final, no habitamos espacios. Los habitamos con todo lo que somos. Con los ojos, sí, pero también con los oídos, con la piel, con la nariz. Con el cuerpo completo.

Y el espacio que entiende eso, el espacio que se diseña para ser sentido y no solo visto, es el espacio que de verdad nos habita.

arquitecturasentidosespaciodiseño