Crecí en el tiempo de la Guerra del Golfo Pérsico. Ese nombre, en mi infancia, estaba cargado de imágenes de conflicto y mapas lejanos marcados por la guerra. Imaginar un día nadar en sus aguas jamás pasó por mi cabeza. A finales del mes de enero hice el viaje más largo de mi vida a los Emiratos Árabes. Vi por primera vez el Golfo Pérsico frente a mí, sentí que algo se resignificaba. Encontré luz, quietud y una cultura lejana que se ha construido en los últimos 54 años.
Viajé a Abu Dabi y Dubái con una intención clara: recorrer museos como arquitecta. En este viaje necesitaba entender cómo esta federación ha impactado el mundo con su arquitectura sin límites y fortalecida de tecnología.
En Abu Dabi, la sensación fue de pulcritud sublime. En el Museo Nacional Zayed todo parece estar en su lugar exacto. No hay ruido, no hay exceso. La perfección no se impone; se percibe. La arquitectura no distrae del contenido, lo enmarca con respeto. Se siente como un ejercicio de precisión casi espiritual.
Más adelante, el Museo de Historia Natural de Abu Dabi me reveló otra escala: vasto, completo, profundamente narrativo. No solo exhibe piezas, construye una historia envolvente sobre el tiempo y la evolución. Caminar por sus salas es recorrer millones de años con claridad y asombro, es como caminar en nuestra propia historia capa tras capa.
Pero hubo algo que me impactó de manera especial: la relación con el sol. En una región donde la luz es intensa y constante, la arquitectura no intenta dominarla; la entiende. Observé fachadas que se transforman, estructuras móviles que se abren y se cierran como si respiraran, sistemas de sombreado que filtran la luz con delicadeza. Al Bahar, una torre cuya piel cinética responde al movimiento solar reinterpretando la tradición de la celosía árabe en clave contemporánea. Llevar la arquitectura a un nivel preciso de conectar historia, tecnología y sostenibilidad.
Luego está Dubái, vibrante y cosmopolita, con el Burj Khalifa elevándose como símbolo de ambición. La ciudad se mueve con rapidez, con ajetreo, con una energía casi eléctrica. Y sin embargo, incluso en su verticalidad desafiante, el diseño climático y la precisión constructiva siguen siendo protagonistas.
También entendí algo más profundo: los Emiratos han construido su identidad seleccionando lo mejor del mundo e integrándolo con visión estratégica. Universidades como NYU Abu Dhabi y la Sorbona Abu Dhabi conviven en su territorio como parte de una apuesta cultural clara: aprender del mundo para redefinirse.
Regreso a Monterrey con una convicción serena. Nuestro impacto en la arquitectura no debe imitar, sino interpretar. Debe dialogar con nuestro propio sol, con nuestra geografía y con nuestra identidad. Porque al final, la arquitectura más poderosa no es la que impresiona, sino la que comprende su contexto y lo transforma en experiencia.
Y bajo cualquier latitud, el sol siempre será el mismo.