Siempre he sido de la idea de que el agua que no se mueve se estanca. Me he considerado toda la vida bastante adaptable a casi todo e incluso inquieta. Pero en este mes cumpleañero, donde alcanzo ya la mitad del camino para llegar a los 100 años, volteo y hago una retrospectiva a mi propia vida, y me doy cuenta de cómo ha funcionado el cambio en mi existencia.
No siempre es igual. A veces es imperceptible, una pequeña cadencia de acontecimientos que, en la zona de confort, pasan desapercibidos. Y otras veces, el cambio llega sin aviso, con fuerza, como un vendaval que arrasa con todo lo que dabas por hecho. Hay transformaciones dulces y otras que duelen hasta los huesos. Pero, al final, todas traen una enseñanza escondida, aunque a veces tarde un poco en revelarse.
Las pérdidas que enseñan
En los últimos tiempos, más específicamente en los últimos dos años, he tenido pérdidas muy importantes. Perdí a mi madre, y también a varias personas que, si bien no fue porque dejaran de vivir, sí dejaron de ser parte de mi historia. Son esas despedidas sin rituales, sin flores, pero con una nostalgia que se instala en el alma.
Todo lo anterior me lleva inevitablemente a pensar en la resiliencia. Hay sucesos imaginarios que, cuando uno los contempla desde lejos, parecen imposibles de superar. Pero cuando se vuelven realidad, algo dentro de ti —llámalo instinto, coraje, fe o pura terquedad— te levanta. Te sacudes, respiras y sigues. No igual, claro, pero sigues. Y en ese seguir, viene el aprendizaje.
Crecer es cambiar y reírse de uno mismo
Uno crece a base de tropiezos, carcajadas, desvelos, amores equivocados y amistades que se convierten en recuerdos. Crecer no es acumular años, sino versiones de uno mismo. Algunas las recordamos con cariño, otras con una mezcla de risa y vergüenza ajena.
A veces el crecimiento llega disfrazado de pérdida, otras de aventura. Un día simplemente notas que ya no estás donde estabas, ni con quien estabas, y que eso está bien. Descubres que ya no reaccionas igual, que dejas pasar lo que antes te quitaba el sueño y que aprendiste a decir "no" sin culpa y "sí" con convicción. Que la paz vale más que cualquier drama.
Lo que viene
Así que aquí estoy, en este punto medio del trayecto, con la certeza de que el movimiento es vida. He cambiado, he perdido, he ganado y, sobre todo, he aprendido. Si los próximos años traen más cambios, que vengan. Ya tengo práctica. Porque al final, no se trata de no tener caídas, sino de seguir bailando al ritmo de cada nueva versión de uno mismo.

