Aún recuerdo cuando compré mi primer Kindle: me puse a ahorrar todo el dinero que me regalaban de navidades y cumpleaños hasta que alcancé para cumplir mi sueño ñoño de tener muchísimos libros. Era 2011, y aunque apenas tenía diez años, la posibilidad de cargar miles de libros conmigo en un aparato con el grosor de un lápiz (todavía recuerdo esa parte de la publicidad) sonaba como una utopía.
Disfruté mucho mi Kindle, aunque al mismo tiempo seguí comprando y leyendo libros impresos cuando algo me llamaba la atención en la librería. Ya entrando a la licenciatura, y anticipando el volumen de libros que tendría que leer para completarla, me animé a comprarme una versión nueva. Las ventajas eran varias: cada libro que me compraba salía significativamente más barato que el mismo libro impreso (así me justifiqué la compra como una inversión), y era mucho más práctico cargar el Kindle que andar con varios libros en la mochila para mis clases. Además, podría usar las herramientas de búsqueda para facilitar el proceso de analizar las lecturas y escribir ensayos.
De igual forma, mi hábito de coleccionar libros impresos sigue fuerte. Me gusta mucho la experiencia de ir a una librería, ver lo que tienen, encontrar algo que me llama la atención y agregarlo a mi librero. Mi gusto por el diseño y los medios impresos también me hacen apreciar mucho los libros como objeto: me fijo en cosas como la calidad del papel, el diseño del libro, y la encuadernación.
En teoría da lo mismo leer un libro impreso y uno digital, pero me he dado cuenta que la manera en la que leo es diferente en cada formato.
Por ejemplo, soy de las personas que cuidan los libros para que sigan como nuevos, así que es mucho más probable que subraye un libro digital. También hay cosas no tan obvias, como el hecho de que, al no tener un lugar físico con un separador que marque dónde estoy, hojear libros digitales se me hace una pesadilla. Si ya avancé, es poco probable que me regrese, y cuando lo hago se siente más riesgoso. Puede que no volver a revisar algo afecte mi comprensión, pero el formato hace que deje de hacerlo.
Últimamente también he notado que leo más apurado en formatos digitales. Simplemente saber que tengo muchos otros libros disponibles y sin leer me hacen sentir cierta presión. A veces me doy cuenta de que estoy leyendo más rápido y superficialmente porque siento que debo leer lo demás también.
Si leo en mi celular o computadora, la experiencia es totalmente distinta. Ya sea que esté leyendo artículos en internet o algún otro libro que tenga en la aplicación de Kindle, las cosas que acabo de mencionar se multiplican: es todavía menos probable que me vaya hacia atrás a volver a revisar algo que ya había leído, es todavía más probable que lea más apurado y sin poner demasiada atención a lo que estoy leyendo, y es muchísimo más probable que me distraiga con otra cosa. En el celular no es solo la presión de sentir que tengo más artículos y libros guardados, tengo además mi correo, mensajes, y mil otras cosas que podría estar viendo en lugar de leer.
Aunque sigo leyendo en todos los formatos, me he vuelto más consciente del impacto de esa decisión en mi experiencia de lectura. Ahora pienso un poco más en lo que quiero obtener de una lectura y el formato que me facilita más ese proceso. Si lo que quiero es entretenerme, la practicidad del Kindle gana, pero si quiero una lectura más profunda, ahora le doy prioridad al papel.

