La primera vez que salí de México tenía catorce años. Era el clásico viaje de quinceañeras rumbo a Estados Unidos y, siendo honesta, no tenía la menor idea de hacia dónde me dirigía ni de lo que significaba encontrarte con otra cultura, otro país y otras costumbres. Para mí era simplemente "ir a USA", como si eso por sí solo lo explicara todo.
Al llegar, todo me resultó ajeno, como haber aterrizado en un planeta nuevo. El idioma sonaba distinto, el paisaje parecía salido de una película y hasta la comida tenía otra lógica. Me sentía pequeña y fascinada al mismo tiempo. Recuerdo haber pensado, con esa contundencia propia de la adolescencia, que ese lugar era mejor que el sitio donde había nacido y crecido toda mi vida. Así, sin matices, sin contexto y sin historia.
Los días transcurrieron entre asombro y felicidad. Cada tienda era una experiencia, cada conversación un reto, cada detalle una novedad. Pero poco a poco empezó a colarse un sentimiento inesperado: la nostalgia. De pronto, no todo era mejor que mi México. Comencé a extrañar lo que antes daba por sentado, el ruido familiar, la manera de hablar, la comida con sabor a casa, la sensación de pertenecer sin tener que explicarme.
El momento decisivo llegó en uno de los eventos a los que asistimos como grupo. Sin planearlo, alguien comenzó a cantar "Cielito lindo" y, en cuestión de segundos, todas estábamos entonándolo con la potencia de nuestros pulmones. No importaba si desafinábamos ni si la letra se mezclaba entre risas. En ese instante entendí algo que no sabía que necesitaba entender: ser mexicana no era un detalle más en mi identidad, era el centro de ella. Sentí un orgullo profundo por mis raíces, por mi origen, por ser latina. Una emoción difícil de describir, como si algo dentro de mí se hubiera acomodado en su lugar.
Hace unas semanas volví a experimentar una sensación parecida mientras veía el medio tiempo del Super Bowl LX. Esta vez no estaba confundida ni lejos de casa, estaba consciente de lo que sentía. Al ver nuestra cultura representada, celebrada y coreada frente al mundo, comprendí por qué aquel momento a los catorce años había sido tan poderoso. No se trataba de comparar países ni de decidir cuál era mejor. Se trataba de reconocer de dónde vengo y lo que eso significa en mi historia.
Como latinos, nuestras raíces son profundas. Crecen incluso cuando no nos damos cuenta. Sí, enfrentamos problemas sociales y económicos y sí, tenemos retos enormes; pero nuestra riqueza nace de algo más esencial, la calidez de nuestra gente, la forma en que nos abrazamos, la manera en que convertimos cualquier reunión en fiesta y el amor genuino por nuestra tierra. Y no hablo de un amor mal entendido o ciego, sino de uno que reconoce nuestras fallas y, aun así, elige quedarse, cuidar y construir.
Con el tiempo entendí que ser patriota no es gritar más fuerte que los demás ni idealizar lo que somos. Es aceptar nuestra historia completa, con luces y sombras, y sentir que aun así vale la pena defenderla. Es emocionarte cuando escuchas una canción que te conecta con tu infancia, cuando pruebas un platillo que sabe a hogar o cuando ves tu cultura ocupar un escenario que antes parecía lejano. Es saber que, aunque el mundo sea enorme y fascinante, siempre habrá algo que te llame por tu nombre y te recuerde quién eres. Y cuando eso pasa, no hay comparación posible, hay identidad, hay orgullo y, sobre todo, hay casa.
