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Reflexión · Enero 2026

La vela que ilumina

Fluye con Rosa Muela

Rosa Muela

20 de enero de 2026·4 min de lectura
La vela que ilumina

En una casa había una vela pequeña y delicada colocada sobre la mesa. La mayor parte del tiempo, la casa se iluminaba con focos, pantallas y lámparas potentes que llenaban cada rincón de luz inmediata. La vela permanecía ahí, quieta, observando cómo otras fuentes de luz parecían más rápidas, más modernas y más visibles.

Cuando alguien le encendía, la vela sentía alegría. Su llama era suave y cálida, una luz que acompañaba sin prisa. Sin embargo, esos momentos eran escasos. Casi siempre bastaba con oprimir un interruptor y la casa se llenaba de claridad. Poco a poco, la vela comenzó a dudar de sí misma. Pensaba que no era suficiente, que ya no servía, que no podía competir con la energía eléctrica.

A su alrededor, algunos objetos intentaban recordarle su valor. El reloj le decía que su aroma hacía el ambiente más agradable. Las plantas agradecían esa luz tenue que no invadía, que respetaba los ritmos de la noche. Pero la vela no lograba creerlo. Cuando nos comparamos, la percepción se distorsiona. Y cuando la duda se instala, incluso los mensajes más amables pueden parecer insuficientes.

Desde la psicología, sabemos que la comparación constante debilita la autoestima. Medirnos con parámetros externos o con habilidades que no son las nuestras suele llevarnos a olvidar lo que sí sabemos hacer, lo que sí aportamos. Como la vela, podemos pensar que no brillamos lo suficiente, sin darnos cuenta de que nuestra luz no debe ser igual a las demás.

Un día, sin previo aviso, ocurrió un apagón. La casa quedó completamente a oscuras. No hubo pantallas, ni televisión, ni dispositivos encendidos. En medio de ese silencio inesperado, alguien buscó la vela y la prendió. Su luz iluminó la mesa y, casi sin planearlo, la familia se reunió alrededor. Jugaron un juego de mesa, conversaron y rieron. El tiempo pareció desacelerarse.

Entonces el reloj le dijo: "¿Ves? Qué bueno que estás con nosotros. Tu presencia hace que este momento se sienta especial, ¿Qué habríamos hecho sin ti?".

La vela comprendió algo importante. No necesitaba iluminar todo para ser valiosa. Su función no era competir ni reemplazar nada, sino aportar desde su esencia, recordando que cada luz es única y cada luz tiene su función en este mundo.

Esta historia nos invita a reflexionar sobre nuestra propia luz. Muchas veces no reconocemos lo que somos porque estamos ocupados mirando lo que otros hacen mejor o más rápido. Olvidamos que cada persona tiene habilidades distintas, tiempos distintos y formas únicas de aportar. No todo lo valioso es inmediato ni evidente.

Confiar en nuestra luz es reconocernos con honestidad, dejar de compararnos y permitirnos ser quienes somos. A veces, nuestra mayor fortaleza aparece justo cuando alguien más la necesita.

Fluye y seguimos creciendo juntos.