Para mí solo hay dos tipos de música: la que te llega y la que no. Y no me refiero a la que arriba, sino a la que te pega. La que sientes, la que alegra. La que cala. No me atrevo a clasificar o a evaluar los géneros musicales, que son muchos, casi infinitos, a través del mundo, sus regiones y sus años. El gusto por la música es subjetivo. La frase "cada cabeza es un mundo" aplica perfectamente cuando nos abocamos a evaluar una canción, un artista, una corriente o un género. Cada "escuchador" es un concurso de American Idol por sí mismo, y su veredicto es tan válido como el tuyo o el mío.
Hace unos meses mi esposa regresó de un bazar y me regaló un libro que hoy ya tiene un lugar especial en nuestra biblioteca: "Cancionero Serrat". Pasta dura. Color azul índigo. Añil. Publicado por Aguilar en el año 2000 y que, con una caligrafía de esas que ya casi nadie usa, está dedicado de la siguiente manera:
"Para mi hermano Enrique, con la intención de que al leer estas páginas; un poco de la época en que estas canciones fueron escritas y cantadas se haga presente, con sus alegrías y algo de la nostalgia que envuelve el recuerdo de tiempos pasados".
Ma. de Lourdes Feb. 12 - 2001
Leer esas honestas y emotivas líneas cuando Itzel me dio el libro me dejó sin palabras. Bueno, creo expresé un -puta madre…- o un -Dios mío…- en voz muy baja, volteando hacia arriba y arqueando el cuerpo. Le agradecí enormemente por semejante y tan simbólico regalo. En 419 páginas vienen las letras de todas las canciones de Joan Manuel Serrat. El prólogo de Antonio Muñoz Molina es, en sí mismo, un homenaje de altura que, cuando lo leí, confieso que me hizo tener un mejor día. Inmediatamente después, tomé mi guitarra acústica La Sevillana, la más viejita, la de menor costo, la de un cariño especial, y toqué "Señora". Tenía al menos seis años de no tocar esa canción. A mi suegro le encantaba. Iba a poner aquí un extracto de dicho prólogo, pero mejor consigan el libro y léanlo completo. Es un deleite. No he terminado de leer la Introducción. Es el último fragmento en prosa de la obra, porque después ya son puras letras de canciones. Lo tengo reservado como ese último pedazo de postre que se come a medianoche.
He hurgado entre las páginas. Entre la poesía. Leí detenidamente "De Cartón Piedra", cantándola en voz baja y respetando el compás. Casi lloro. Otra pieza de las pocas que saqué en la guitarra y cantaba en todas las reuniones por allá de 1998, cuando mi amigo Tony me ayudó a ver como con lupa el mundo de Serrat, y que yo había conocido vagamente solo porque a mis cinco años de edad a veces sonaba en la radio o mis padres lo ponían en el tocadiscos Panasonic del 3828 en la colonia Torremolinos. No fue hasta escuchar a Tony, y particularmente a su mamá (una señora icónica), tocar y cantar a Serrat, cuando me compré mi primer CD de éxitos. Lo escuchaba todos los días durante 4 meses yendo a un trabajo de oficina que odiaba. Aprendí a tocar y cantar varias canciones. Acordes que me formaron. Letras que me forjaron. Tengo amigos músicos que comparten el fenómeno de no ponerle atención a la letra de una canción hasta después de haberla escuchada unas veinte veces. Para mí, la letra es la tarjeta de presentación de una canción. Así también lo puede ser un arreglo o una transición a una nota menor. Luego la absorbo completa, y en microsegundos, si me llega, la hago mía, no importa el género o el expositor.
Con el paso de los años he logrado identificar una constante: me gustan las canciones honestas; sencillas pero profundas. Creadas por trovadores. Y esos trovadores se encuentran en distintos géneros y también reconozco que tienen canciones que no me gustan. Quizá por eso, para escucharla, tocarla y hasta componerla, tiendo a ir tan fácilmente a la música de raíz: el blues, el folk, el country, el reggae, el flamenco, por mencionar algunos. Todos sus expositores cuentan historias, comparten el mundo visto con claridad a través de su lente. Te llevan a las emociones más básicas, a través de momentos complejos de la vida, cantados en piezas sencillas.
Por eso me gusta mucho "So Long Marianne" de Leonard Cohen y su vulnerable y doloroso relato sobre la pérdida del amor de su vida. Por eso me gusta "Old Man" de Neil Young, con su sabio reflejo a sus veinticuatro años en el rostro del cuidador de su rancho. O "Lay Lady Lay" que te lleva a un rincón íntimo y cursi de Dylan, sea lo que sea a lo que se refiere esa canción (hay muchas versiones y él no lo aclara). O "Angel Flying Too Close to the Ground" de Willie, "Rock and Roll Suicide" de Bowie o "Debtor's Blues" del joven cantautor tejano Vincent Neil Emerson, que pone palabras a esa situación tan necesaria de la autocompasión y el perdón propio.
¿Cuál música entonces es nuestra favorita?
La que nos llega. La que nos llega hondo. La que nos habla. Como esa dedicatoria del "Cancionero Serrat". No sé si María Lourdes y su hermano Enrique aún siguen en este mundo. Lo que sí sé es que Serrat les cambió la vida y les trajo alegrías. Que una hermana las revivió en su hermano al regalarle ese libro. Que mi esposa, al regalármelo, me hizo el día y me sacó una sonrisa que me quedó como tatuada en el corazón, y que todo junto me invitó a escribir estas líneas que en este momento tienes frente a ti.
Y justo de todo esto se trata la música.
Toda.
La que acabo de describir.
La que no te gusta pero le gusta a otros.
Y también tu música favorita.


