Hace unos días me encontré en una situación que me dejó pensando. Me tocaba tomar una decisión importante y, como suele pasar en estos casos, sentía que estaba paralizado. Me la pasé dando vueltas, considerando opciones, imaginando escenarios, y todo el tiempo tenía la sensación de que estaba eligiendo entre cosas que no quería.
No es la primera vez que me pasa. De hecho, me pasa bastante seguido. Me pongo a pensar en todas las cosas que podría hacer y todas me parecen malas de alguna manera. Nada me convence del todo, y entonces me quedo ahí, sin moverme, esperando que aparezca una opción que sí sea buena.
Pero esta vez algo fue diferente. Esta vez, en medio de toda esa parálisis, se me ocurrió una pregunta que no me había hecho antes: ¿y si no tengo una buena opción? ¿Y si simplemente no hay una elección que me deje satisfecho?
Esa pregunta me cambió las cosas. No porque me diera una respuesta, sino porque me quitó un peso de encima. Me di cuenta de que buena parte de mi parálisis venía de esperar que existiera una opción perfecta, una que no tuviera ningún costo, ninguna pérdida, ningún dolor. Y como esa opción no existía, me quedaba esperando algo que no iba a llegar.
Aceptar que no tengo una buena opción no significa rendirme. Significa, simplemente, dejar de esperar que las cosas sean diferentes a lo que son. Y a partir de ahí, elegir la opción que me parezca menos mala, sabiendo que no va a ser perfecta, sabiendo que algo voy a perder, sabiendo que algo va a doler.
Es curioso cómo, cuando dejo de buscar la opción perfecta, me vuelvo más libre para elegir. Ya no estoy paralizado por el miedo de equivocarme, porque ya acepté que me voy a equivocar. Ya no estoy esperando que aparezca algo mejor, porque ya acepté que lo que tengo es lo que hay. Y desde ahí, desde esa aceptación, puedo moverme.
A veces creo que la libertad no está en tener todas las opciones, sino en cómo respondo a las que tengo. Incluso cuando las opciones que tengo no son las que quería.
Y esto aplica a mucho más que decisiones grandes. Aplica a cosas cotidianas. A cómo enfrento un día que no salió como esperaba. A cómo reacciono cuando algo que quería no se dio. A cómo vivo cuando las cosas no son como quisiera que fueran.
No siempre voy a tener la opción que quiero. No siempre voy a estar en el lugar que quería estar. No siempre las cosas van a salir como planeé. Y eso está bien. No porque no importe, sino porque la vida no se trata de que todo salga bien. Se trata de cómo vivo lo que tengo, incluso cuando no es lo que quería.
Así que ahí me quedé, con mi decisión importante y sin una opción perfecta. La tomé. No fue la mejor decisión del mundo, pero tampoco fue la peor. Fue la que pude tomar con lo que tenía. Y creo que eso es suficiente.
No necesito tener la mejor opción. Solo necesito tomar la que tengo, y vivir con ella lo mejor que pueda.

