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Carta Editorial · Marzo 2026

Vivir para escribir, escribir para vivir

Mujeres que escriben

Adriana Muela

Adriana Muela

21 de marzo de 2026·7 min de lectura
Vivir para escribir, escribir para vivir

Hay algo en la escritura de las mujeres que no se puede explicar del todo, pero se siente.

A lo largo de la historia hemos estado ahí: a veces visibles, muchas veces no. Observando, sosteniendo, viviendo procesos que no siempre pudieron nombrarse en voz alta. Y entonces apareció la escritura. No como un lujo, sino como una necesidad.

Escribir se volvió refugio, pero también valentía. Porque poner en palabras lo que duele, lo que incomoda, lo que cuestiona, nunca ha sido fácil. Las mujeres han escrito sobre lo que se les quiso callar: la violencia, el abuso, la desigualdad, pero también la alegría, los logros, el amor y la libertad. Han escrito para entenderse, para no perderse, para dejar rastro.

Hoy leemos a mujeres que escriben con fuerza, con claridad, con libertad, y a veces olvidamos que esa libertad no siempre existió. Que hubo otras antes, que escribieron con miedo, que publicaron con seudónimos, que fueron cuestionadas, minimizadas, silenciadas… y aun así, escribieron.

Gracias a ellas, hoy podemos decir lo que pensamos. Podemos incomodar, inspirar, compartir nuestras ideas sin pedir permiso. Y eso también es un acto de memoria.

Las mujeres, a lo largo de la historia, han ido construyendo puentes. Puentes invisibles muchas veces, pero firmes. Gracias a ellos, hoy podemos leer y escribir con una voz propia, con pluma femenina. Y es ahí donde creo que tenemos que detenernos: en nuestro propio diálogo.

Porque sí, hemos avanzado. Hay leyes, hay espacios, hay visibilidad. Pero en lo cotidiano, en nuestro entorno más cercano, algo sigue faltando. En la forma en la que hablamos entre nosotras, en cómo nos miramos, en cómo nos nombramos.

Seguimos hablando del cuerpo de otras mujeres. Seguimos juzgando cómo viven, cómo se comportan, lo que hacen o dejan de hacer. Y puede parecer algo pequeño, pero no lo es. Es ahí donde se pierde el foco. No estamos construyendo comunidad, estamos repitiendo una competencia que ni siquiera cuestionamos.

Lo digo también desde lo personal. Porque lo he visto, lo he vivido y me lo he preguntado muchas veces.

Si yo me dedico a promover libros, ¿por qué no buscar a más mujeres que hacen lo mismo? ¿Por qué no crear juntas algo más grande? ¿Por qué no hacer eventos más amplios, más colectivos, más poderosos? Imaginarlo me emociona: cadenas de mujeres creciendo juntas, espacios compartidos, lectoras multiplicándose, voces expandiéndose.

Suena maravilloso, pero la realidad muchas veces es otra. El protagonismo pesa más. El reflector individual llama más. Y entonces pasa algo que, si lo pensamos bien, resulta casi irreal: hay miles de mujeres haciendo cosas increíbles, pero cada una por su lado, empezando desde cero, sin tejer red.

Y no lo digo desde el reclamo, lo digo desde el asombro. Porque el potencial que existe es enorme.

Por eso creo que el cambio también está en cómo nos hablamos entre nosotras. En cómo leemos entre líneas lo que otras mujeres escriben, dicen y crean. Porque cada libro, cada poema, cada historia, no es solo contenido: es un intento de conexión, una invitación a construir algo juntas.

Necesitamos cambiar esa narrativa. Pasar de la competencia a la comunidad, de la comparación al reconocimiento, del juicio al acompañamiento.

Porque todavía falta mucho. Y no vamos a llegar más lejos si seguimos caminando solas.

Y no lo escribo desde arriba, como si estuviera señalando lo que otras hacen.

Claro que no.

Lo digo porque yo también he estado ahí. Porque muchas veces he caído en esa dinámica que hoy cuestiono. Y no me gusta cómo suena cuando soy parte de ella.

Por eso creo que el cambio empieza en algo muy concreto: en detenernos.

En hacer pausas. En interrumpir esos diálogos que no construyen. En no seguir alimentando conversaciones que nos separan.

Si tú que me lees quieres empezar a hacer un cambio, empieza por ahí.

Sé esa mujer que frena la conversación cuando se habla de otra mujer desde el juicio. Sé la que invita a más mujeres a participar, a sumar, a crecer juntas. Sé la que incomoda, porque decide no seguir en automático.

Quizá no sea fácil.

Pero en esos pequeños actos —los de todos los días— es donde realmente se transforma todo.

Hoy, al intentarlo, al hacerlo consciente, al equivocarme y volverlo a intentar, puedo decir que se construye un puente más sólido, no solo para mí, sino para mi hija y para las hijas de mi hija. Y eso, para mí, lo cambia todo.