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Reflexión · Marzo 2026

El olfato del futuro

Guillermo García Muela

21 de marzo de 2026·5 min de lectura
El olfato del futuro

El ojo escudriña, pero la nariz sospecha.

El ojo escudriña, la nariz sospecha. Y el instinto, ese que no se enseña en ningún curso, es el que nos ha mantenido vivos como especie miles de años. Cada vez que veo una nueva aplicación de inteligencia artificial me acuerdo de algo que mi abuelo me decía: "mijo, no todo lo que brilla es oro, pero todo lo que huele mal, casi siempre está podrido".

La semana pasada leí que Google DeepMind desarrolló un modelo de IA capaz de predecir el olor de las moléculas. No el color, no la forma, no la estructura. El olor. Y lo hizo mejor que cualquier químico humano. La máquina ya no solo ve, ya no solo habla, ya no solo escribe. Ya huele. Y cuando una máquina huele mejor que tú, algo cambió para siempre.

Cuando una tecnología nueva aparece, siempre hay dos reacciones: los que se asustan y los que se emocionan. Yo pertenezco a un tercer grupo: los que sospechan. No me opongo a la IA, trabajo con ella todos los días. Pero no cierro los ojos cuando algo no cuadra. Y lo que no cuadra es que estamos construyendo herramientas que piensan más rápido que nosotros, pero no necesariamente mejor.

Una IA que predice olores puede revolucionar la industria alimentaria, la farmacéutica, la perfumería. También puede revolucionar la vigilancia. ¿Qué pasa cuando una cámara detecta tu nivel de estrés por el olor de tu sudor antes de que tú mismo te des cuenta de que estás estresado? ¿Qué pasa cuando una tienda sabe que estás enfermo antes de que tú lo sepas, y te ofrece productos que no pediste?

La pregunta no es si la IA puede hacerlo. Ya lo está haciendo. La pregunta es quién decide para qué se usa.

Hace años, cuando empezamos a usar algoritmos para decidir quién conseguía un crédito, quién entraba a la universidad, quién conseguía un trabajo, nos dijeron que era más justo, más objetivo, más neutral. Resulta que los algoritmos heredaron nuestros prejuicios, los amplificaron y los escondieron detrás de un muro de matemáticas que nadie puede cuestionar.

Ahora vamos a usar IA para oler. Y adivinen qué: va a heredar los mismos problemas. Solo que ahora, en lugar de negarte un crédito por tu código postal, te van a negar algo por tu olor.

El ojo escudriña, la nariz sospecha. Pero el cerebro, ese que tantas veces dejamos en pausa, es el que debería estar encendido.

No tengo miedo a la IA. Tengo miedo a la gente que usa la IA sin pensar. A los que la adoptan porque sí, porque está de moda, porque todos lo hacen, porque "es el futuro". El futuro no es un lugar al que llegamos por inercia. El futuro es un lugar que construimos, decisión por decisión.

Y si construimos ese futuro con los ojos cerrados, no importa qué tan buena sea la tecnología. Vamos a terminar en un lugar que no queremos.

El ojo escudriña, la nariz sospecha. Pero el corazón, ese que también es instinto, es el que nos dice cuándo algo, por más brillante que parezca, no es para nosotros.

La IA ya huele el futuro. La pregunta es si nosotros vamos a oler lo que se nos viene encima.

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