No estoy de acuerdo.
No estoy de acuerdo con muchas cosas. Y la música que más me ha marcado nació del desacuerdo. De no estar conforme. De buscar algo que no existía y tener que crearlo.
El blues nació así. De gente que no estaba de acuerdo con su circunstancia. Que no aceptaba el dolor como destino, sino como punto de partida. Que tomó la guitarra, la armónica, la voz, y convirtió lo que les dolía en algo que nos sigue moviendo décadas después.
El rock nació así. De jóvenes que no estaban de acuerdo con lo que les ofrecaban. Que no querían ser como sus padres. Que no querían callar lo que pensaban. Que tomaron ruido y lo convirtieron en grito, en himno, en revolución.
El jazz nació así. De músicos que no estaban de acuerdo con las reglas. Que no querían tocar lo que les decían que tenían que tocar. Que improvisaron, que rompieron estructuras, que crearon un lenguaje nuevo a partir de uno que ya existía pero que ya no les alcanzaba.
Y el folk, el country, el reggae, el punk, el hip-hop... todos nacieron del desacuerdo. De la insatisfacción. De la necesidad de decir algo que no se estaba diciendo.
La música que me llega, la que de verdad me toca, casi siempre viene de ahí. De alguien que no estaba de acuerdo y decidió hacerlo saber.
Pienso en Bob Dylan. En cómo tomó el folk y le metió electricidad, y cómo la gente lo abucheó porque no estaba de acuerdo con que Dylan cambiara. Y él tampoco estaba de acuerdo con que lo tuvieran que aceptar. Así que siguió, sin pedir permiso, y nos dejó "Like a Rolling Stone", una de las canciones más importantes de la historia.
Pienso en Nina Simone. En cómo no estaba de acuerdo con lo que pasaba con los derechos civiles en su país, y en cómo puso esa rabia en "Mississippi Goddam". Una canción que le costó carrera, pero que le dio algo más importante: verdad.
Pienso en Johnny Cash. En cómo no estaba de acuerdo con cómo trataban a los presos, y en cómo tocó en Folsom y en San Quentin para decirles que alguien los veía. Que alguien los escuchaba. Que alguien no estaba de acuerdo con que los olvidaran.
La música que me marca no es la que me hace sentir bien. Es la que me hace pensar. La que me incomoda. La que me dice algo que no quería escuchar pero que necesitaba escuchar.
Por eso no estoy de acuerdo con la música que no dice nada. Con la música que solo entretiene, que solo acompaña, que solo llena el silencio. No es que esté mal, es que no me alcanza. No es la música que necesito.
Y no estoy de acuerdo con la idea de que la música tiene que agradar a todos. La buena música, la que de verdad importa, casi nunca agrada a todos al principio. Incomoda. Cuestiona. Provoca.
Creo que la música es una de las formas más honestas de desacuerdo que existen. Porque no necesita discursos, no necesita argumentos, no necesita justificaciones. Solo necesita sonar. Y si suena bien, si suena verdad, llega.
A veces me pregunto si todavía existe ese desacuerdo en la música nueva. Si todavía hay alguien que no está conforme y que decide decirlo. Y creo que sí, que siempre hay. Que el desacuerdo no se acaba, solo cambia de forma.
Lo importante es no dejar de buscarlo. No conformarse con lo que todos escuchan. Ir más allá. Buscar la música que no está de acuerdo. La que te incomoda. La que te hace pensar.
Porque esa, casi siempre, es la que vale la pena.
No estoy de acuerdo con mucho. Pero estoy de acuerdo en esto: la música que nace del desacuerdo es la que nos mantiene vivos.


