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Arte · Marzo 2026

Contra el exceso

Ninfa Romero

21 de marzo de 2026·5 min de lectura
Contra el exceso

Vivimos rodeados de más.

Más imágenes, más obras, más artistas, más galerías, más ferias, más plataformas. Cada día se publican más fotografías de las que un ser humano podría ver en toda una vida. Cada semana se subastan más obras de las que se podrían contemplar. Cada mes aparecen más artistas de los que podríamos nombrar.

¿Qué pasa cuando el arte se vuelve exceso?

La pregunta me ha acompañado todo este mes. No porque tenga una respuesta, sino porque siento que es una pregunta que nadie se hace. Hablamos mucho de democratizar el arte, de hacerlo accesible, de llevarlo a todos. Y todo eso es bueno. Pero también necesitamos hablar de lo que perdemos cuando el arte se vuelve demasiado.

El arte, en su origen, era escaso. No porque alguien lo quisiera así, sino porque era difícil de hacer. Había que aprender, había que practicar, había que dedicar años. Y el resultado era algo que valía la pena detenerse a mirar. No porque fuera perfecto, sino porque era único.

Hoy el arte es abundante. Y no me refiero solo al arte digital, a la IA, a las plataformas. Me refiero a todo. A la cantidad de obras que se producen, a la cantidad de artistas que emergen, a la cantidad de imágenes que circulan. Nunca en la historia habíamos tenido tanto arte disponible. Y nunca en la historia habíamos tenido tan poca capacidad de asimilarlo.

El problema del exceso no es la cantidad. Es la velocidad. Cuando hay demasiado, todo se ve rápido. Nada se queda. Todo pasa. Todo se consume y se descarta. Y el arte, que nació para quedarse, se vuelve algo que pasa.

Pienso en los museos. En cómo antes ibas a un museo y te pasabas horas frente a una obra. La mirabas, la volvías a mirar, te alejabas, te acercabas. Te dejabas estar. Hoy vas a un museo y es una carrera. Fotos, selfies, siguiente. La obra se vuelve fondo, no sujeto. Y cuando sales, no recuerdas nada de lo que viste.

No culpo a nadie. Todos lo hacemos. Es la época. Pero si todo lo hacemos así, ¿qué nos queda?

Hace unos años descubrí el trabajo de Agnes Martin. Una artista minimalista que pintaba cuadrículas. Cuadrículas y líneas. Nada más. Su trabajo es una lección de menos. De cómo quitando, quitando, quitando, llega un punto donde lo que queda es lo esencial. Y lo esencial, cuando lo encuentras, te deja sin aliento.

También pienso en las pinturas rupestres. En cómo, hace miles de años, alguien tomó un pigmento y pintó en una pared. No tenía más. No tenía opciones. No tenía exceso. Tenía una pared, un pigmento y algo que quería decir. Y lo dijo. Y miles de años después, seguimos mirándolo.

La diferencia no es el talento. La diferencia es la atención.

Cuando hay menos, se mira más. Cuando hay más, se mira menos. Y el arte necesita ser mirado. No visto, mirado. No consumido, habitado. No pasado, quedado.

No propongo volver a un pasado que no existió. No propongo que haya menos arte. Propongo, simplemente, que nosotros, los que miramos, aprendamos a mirar menos. A elegir menos. A quedarnos con menos.

Porque el exceso no está en el arte. Está en nosotros. En nuestra incapacidad de detenernos. De elegir. De decir "esto es lo que quiero mirar, y lo voy a mirar bien".

Contra el exceso, la atención. Contra la abundancia, la elección. Contra la velocidad, la pausa.

Porque el arte no necesita más. Necesita que lo miremos más.

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