Los libros son algo así como una mezcla entre máquina del tiempo e instrumento telepático. Mientras escribo estas palabras congelo mis pensamientos, y mientras las lees, tu mente crea una réplica de lo que mi cerebro pensó en el momento que escribí. Esto es algo increíble que a veces damos por hecho. Sin la palabra escrita, lo más similar a este ejercicio es la tradición oral, pero esa puede ser bastante inestable: la memoria falla, la historia va cambiando por diferentes razones, el mensaje se vuelve algo fluido. La escritura logra que esa comunicación se vuelva estable, sólida. Ya no hay manera de decir "pero eso no es lo que dije" porque hay evidencia concreta de las palabras específicas que se usaron. Esto también quiere decir que la escritura es una mejor forma de conservar esos pensamientos congelados por mucho más tiempo.
Uno de mis libros favoritos de toda la historia es Frankenstein, de Mary Shelley. A pesar de que Shelley murió hace casi 200 años, la lectura me permite conectar con algo que ella imaginó cuando tenía apenas 21 años. Al leer su libro puedo conocer cómo se expresaba, qué cosas le interesaban, cuáles eran sus preocupaciones (que pueden ser algo abstracto como el costo de la ambición desmedida, el sufrimiento del rechazo social y la responsabilidad paterna), y comparar eso con mis propios intereses, preocupaciones, y mi contexto viviendo en el siglo XXI.
La lectura no solo me permite ver cómo ha cambiado el mundo sino también cómo he cambiado yo. El principito de Antoine de Saint-Exupéry ha sido para mí un reflejo de mi propio crecimiento. Me lo leyeron cuando era muy pequeño, no sé exactamente a qué edad, pero tenía menos de seis años. Luego lo leí yo mismo, y lo volví a leer unas tres o cuatro veces en diferentes puntos de mi vida. Una en la primaria, otra en la secundaria, otra en la universidad, etc. Ha sido increíble ver cómo el mismo texto puede provocar una nueva revelación con cada lectura. La primera vez que lo leí por mi cuenta entendí ahora sí el final. Después entendí la metáfora, luego la crítica. Con cada lectura venía una nueva interpretación que reflejaba no un cambio en el texto, sino un cambio en mí.
Mis libros hacen que un viaje en el tiempo pueda ser algo cotidiano. Puedo hablar con los muertos, aunque ellos no puedan escuchar mis respuestas. Puedo escribir mis propios pensamientos y hacer que lleguen a ti en el futuro. Podrá no ser tan totalizadora como lo que encontraríamos en la ciencia ficción, pero la máquina del tiempo ya existe, y la estás usando justo ahora.

